El descubrimiento funerario que lo cambió todo: La verdad de una nieta

Catherine le había estado enseñando el secreto de esas famosas galletas de azúcar que horneaba durante décadas. Ahora, esos momentos parecían imposiblemente lejanos, robados demasiado pronto por un repentino infarto.

"Emerald, cariño, ahora te está cuidando", dijo la Sra. Anderson en voz baja. La anciana vecina apoyó su mano arrugada sobre el hombro de Emerald, con los ojos enrojecidos tras las gafas.

"Tu abuela no paraba de hablar de su preciosa niña".

Emerald se secó una lágrima. "¿Te acuerdas de sus pasteles de manzana? Toda la calle sabía que era domingo solo por ese olor que se extendía por el barrio".

Recuerdos de tiempos más felices
"¡Ay, esos pasteles!" El rostro de la Sra. Anderson se iluminó a pesar de su dolor. Te enviaba con rebanadas, radiante de orgullo. 'Emerald me ayudó con esto', decía. 'Tiene el toque perfecto con la canela'.

"Intenté hacer una la semana pasada", confesó Emerald con la voz quebrada. "No sabía bien. Casi la llamé para preguntarle qué había hecho mal, y entonces lo recordé".

El infarto. La ambulancia. La terrible llamada que lo cambió todo.

"Ay, cariño". La Sra. Anderson la abrazó fuerte. "Sabía cuánto la querías. Eso es lo que más importa. Mira a tu alrededor: significaba mucho para tanta gente".

La funeraria estaba llena de amigos y vecinos, todos murmurando sus propios recuerdos de Catherine. Entonces Emerald vio a su madre, Victoria, apartada del resto.

Estaba mirando su teléfono. No había llorado ni una sola vez en todo el día.

Un momento sospechoso
Mientras la Sra. Anderson seguía compartiendo recuerdos, Emerald notó que su madre se acercaba al ataúd. Victoria miró a su alrededor con cautela, como si comprobara quién la observaba.

Entonces se inclinó y metió algo dentro del ataúd: un pequeño paquete envuelto en tela.

Cuando se incorporó de nuevo, sus ojos recorrieron la habitación con nerviosismo antes de alejarse. Sus tacones resonaron suavemente contra el suelo de madera; el sonido, de alguna manera, era ominoso.

"¿Viste eso?", susurró Emerald, con el pulso acelerado de repente.

"¿Ver qué, querida?", preguntó la Sra. Anderson.

"Mi mamá solo...", Emerald se quedó callada al ver a Victoria desaparecer en el baño. "No importa. Quizás sea solo el dolor lo que me hace imaginar cosas".

Pero una profunda inquietud se apoderó de su pecho. Mamá y abuela apenas se habían hablado en años; todos en la familia sabían de su tensa relación.

Y no había razón para que la abuela pidiera que le pusieran algo en el ataúd sin decírselo a Emerald, su confidente más cercana.

Algo no andaba bien.

La decisión de investigar
Al caer la noche y retirarse los últimos dolientes, el aroma a lirios y rosas impregnaba el aire. Victoria se había marchado antes, alegando migraña.

Pero su extraño comportamiento le carcomía la mente a Emerald.

"¿Señora Emerald?" El director de la funeraria, el Sr. Peters, se acercó con dulzura. Su rostro amable le recordó a su abuelo, a quien habían perdido cinco años atrás.

"Tómese el tiempo que necesite. Estaré en mi oficina si necesita algo".

"Gracias, Sr. Peters".

Cuando sus pasos se desvanecieron por el pasillo, Emerald regresó al ataúd. La habitación se sentía más pesada ahora, como si albergara secretos suspendidos en el denso silencio.

 

 

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