Parte 1 — La Tarjeta
La sonrisa de la banquera se desvaneció en cuanto pasó la tarjeta.
Sus dedos se congelaron sobre el teclado. El color desapareció de su rostro tan rápido que pensé que se iba a desmayar.
"Señora", susurró, inclinándose más cerca, con la voz temblorosa. "Por favor, no se vaya".
La miré confundida.
"Solo estoy aquí para cancelarla", dije. "Solo son 1000 dólares".
Tragó saliva con dificultad y miró hacia las oficinas con paredes de cristal que tenía detrás.
"No", dijo en voz baja. "No lo son".
Y en ese momento, de pie en el cálido vestíbulo de un banco con mi pasado ardiendo en el bolsillo, me di cuenta de que mi padre me había mentido sobre todo.
Me llamo Clare Donovan. Tengo 31 años y sirvo en el Ejército de los Estados Unidos.
Esa mañana, el viento cortó el centro de Chicago como una cuchilla. Se me coló bajo el abrigo, me subió por la espalda y me recordó por qué odiaba los inviernos aquí. La ciudad olía a humo y a piedra fría, y mis botas resonaron con fuerza al abrir las pesadas puertas de cristal del Liberty Union Bank.
Hacía años que no entraba en un banco como este.
El vestíbulo estaba cálido —demasiado cálido— y lleno de la serena confianza del dinero. Suelos de mármol, iluminación tenue, hombres con abrigos a medida hablando en voz baja, como si el aire mismo costara algo. El olor a colonia cara lo impregnaba todo, denso y desconocido.
De repente, me sentí muy consciente de mí misma.
Mi abrigo era del ejército: limpio pero desgastado. Llevaba el pelo recogido, pulcro y reglamentario, sin mechones sueltos. Me mantenía erguida por costumbre, con los hombros rectos y las manos firmes.
Aun así, sentía que las miradas se dirigían a mí y luego se apartaban.
La gente siempre se fijaba en el uniforme y luego decidía qué tipo de persona creían que era.
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