El día que mis tres hijos vendieron la casa y nos echaron a la calle a este par de viejos, con nada más que una cabrita… fue también el día en que el secreto escondido en la vieja maleta empezó a salir a la luz.

Elena López sostenía a la pequeña Blanquita contra su pecho, un bulto de calor y temblores en medio del frío que se le había instalado en el alma. Veía el coche de sus tres hijos, Roberto, Daniel y Sofía, convertirse en un punto borroso en el camino de terracería, levantando una nube de polvo que parecía querer borrar su existencia. No hubo una última mirada, ni un adiós. Solo el rugido del motor desvaneciéndose, llevándose consigo cincuenta años de amor y sacrificio.

A su lado, sobre el lodo que comenzaba a formarse, yacía una maleta antigua de piel agrietada, testigo mudo de tres generaciones. Y Blanquita, la cabrita de pelaje blanco como la leche, balaba con angustia, como si sintiera el dolor de su dueña.

—Mamá, tienes que entender que esto es lo mejor para ustedes —había dicho Roberto, el mayor, apenas media hora antes—. La propiedad ya fue vendida. El dinero garantizará que no pasen necesidades.

Antonio López, su esposo durante medio siglo, le sostenía el brazo, un ancla en la tormenta que amenazaba con arrastrarla. La llovizna comenzaba a empapar el paisaje rural de San Miguel del Valle, pegándole el chal tejido al cuerpo de Elena y la camisa de algodón a la piel de Antonio.

—Se fueron de verdad, Antonio —murmuró Elena, la voz ahogada por un nudo de lágrimas y rabia—. Nos dejaron aquí como si no valiéramos nada. Como si cincuenta años de sacrificio no significaran absolutamente nada.

—Tranquila, mi amor. Nosotros siempre hemos sabido salir adelante —respondió Antonio, pero Elena vio el miedo agazapado tras la valentía de sus palabras, la humedad en sus ojos que no era solo de lluvia.

Blanquita, con apenas un año de vida, era la única sobreviviente del pequeño rebaño de ocho cabras que había sido su sustento y compañía. Las otras siete, junto con la tierra, los muebles y los recuerdos, habían sido vendidas. Liquidadas. Sus hijos, los mismos a quienes habían dado la vida, habían decidido el destino de esa misma vida sin consultarles.

—Trabajamos toda nuestra vida en esta tierra —susurró Elena, apretando a Blanquita con más fuerza, buscando el calor del animalito contra la frialdad de su pecho—. Los criamos a ustedes tres vendiendo queso de cabra, haciendo conservas para el mercado del pueblo, cuidando cada centavo como si fuera oro. Y ahora resulta que somos nosotros los que ya no servimos para nada.

Antonio clavó la mirada en la maleta, arrojada en el lodo como un despojo. Era la misma maleta de su abuelo, luego de su padre, y después suya. Vieja, maltratada por el tiempo, pero llena de la historia de su familia. Dentro, según les había dicho Roberto con ese tono condescendiente que se había vuelto su única forma de hablarles, había algo de ropa y documentos importantes. Nada más.

Habían prometido una cantidad mensual, suficiente para pagar “un cuartito modesto” en la ciudad, donde pudieran terminar sus días “sin molestar a nadie”. El camino estaba desierto, y la sensación de abandono era un peso físico, una losa sobre sus hombros encorvados. A un lado, los campos se perdían en la bruma. Al otro, una cerca de madera podrida. El cielo gris era el espejo de su desesperanza.

—Cincuenta años, Antonio —dijo Elena, dejando por fin que las lágrimas corrieran libres, surcando las arrugas que contaban la historia de su vida—. Construimos todo esto juntos, desde la nada. Y ellos lo deshicieron en una sola tarde, como si no importara.

—No fue solo la casa lo que vendieron —respondió Antonio, con la voz rota—. Vendieron nuestra dignidad, nuestros recuerdos.

Blanquita baló suavemente, frotando su cabeza contra el brazo de Elena, un consuelo puro y animal en medio de la desolación humana. La cabrita era más que un animal; era la compañera de las mañanas, la confidente silenciosa de las preocupaciones de Elena mientras ordeñaba.

El sonido lejano de un motor les hizo levantar la vista. Un camión viejo y oxidado apareció en el camino, levantando un barro fino. El vehículo se detuvo junto a ellos con un chirrido de frenos gastados. Un hombre de unos cincuenta y cinco años, con barba descuidada y gorra manchada de grasa, asomó la cabeza.

—¿Necesitan ayuda? —preguntó, con genuina preocupación.

Elena se secó las lágrimas, intentando aferrarse a un resto de dignidad. —¡Vamos para San Miguel! —respondió, con la voz temblorosa.

El camionero, que se presentó como Fernando, evaluó la escena: dos ancianos empapados, una maleta y una cabra en medio de la nada. —Súbanse, los llevo. Voy hasta el centro del pueblo —ofreció, abriendo la puerta.

Antonio subió la maleta, sorprendiéndose de su peso, y ayudó a Elena a encaramarse en la cabina. Blanquita se acurrucó, sorprendentemente tranquila, en el regazo de su dueña.

Tras varios minutos de silencio, roto solo por el motor y la lluvia, Fernando preguntó con delicadeza: —¿Les pasó algo malo?

Elena respiró hondo. Una parte de ella quería guardar su dolor, pero la necesidad de desahogarse fue más fuerte. —Nuestros hijos vendieron nuestra casa sin preguntarnos —comenzó, con la voz entrecortada—. Dijeron que era por nuestro bien, que éramos una carga.

—Dijeron que van a mandar dinero cada mes para que rentemos algo —intervino Antonio con amargura—. Como si fuera tan simple arrancarnos de nuestras raíces y tirarnos en cualquier parte como muebles viejos.

—¿Tienen a dónde ir? —preguntó Fernando.

 

 

 

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