El día que mis tres hijos vendieron la casa y nos echaron a la calle a este par de viejos, con nada más que una cabrita… fue también el día en que el secreto escondido en la vieja maleta empezó a salir a la luz.
—Mencionaron una pensión cerca de la plaza principal. La de Doña Mercedes —respondió Antonio.
—Claro que la conozco. Es sencilla, pero Doña Mercedes es buena persona —confirmó Fernando, pero hizo una pausa—. Hay un problema. Ella no acepta animales.
Una nueva ola de desesperación amenazó con ahogar a Elena. —Yo no me voy a separar de Blanquita —dijo con una firmeza que la sorprendió a ella misma—. Esta cabrita es todo lo que me queda. Es mi familia.
Fernando los observó por el retrovisor. Vio a gente buena, trabajadora, a quienes la vida, y sus propios hijos, habían tratado con una crueldad inmerecida. —Miren, los llevo a la pensión. Si Doña Mercedes pone problemas, yo hablo con ella. Buscamos una solución.
La pensión era una casa antigua de dos pisos, pintada de un verde desvaído. Doña Mercedes, una mujer de unos sesenta y cinco años con el cabello completamente blanco, los recibió con una sonrisa que se borró al ver a la cabra.
—Fernando, tú sabes perfectamente que no acepto animales aquí —dijo, con los brazos en jarras.
Fernando le explicó la situación con su mejor tono persuasivo. Contó la historia del abandono, de la venta de la casa, de la cabrita como único vestigio de una vida entera.
Elena sintió que las mejillas le ardían de vergüenza. Allí estaba, suplicando por un techo. —¿Cómo había llegado su vida a este punto? —se preguntó a sí misma.
—Por favor, señora —dijo con voz apenas audible—. Blanquita es muy tranquila. No va a causar ninguna molestia, se lo prometo.
Doña Mercedes la miró fijamente. Vio a una mujer sosteniendo una cabra como si fuera un recién nacido, con los ojos llenos de lágrimas contenidas. Algo en esa imagen tocó una fibra sensible en su corazón. —La habitación cuesta 120 pesos la semana —dijo finalmente, suspirando—. Con la cabrita, 150. Y es mi última oferta.
—Aceptamos —respondió Antonio rápidamente.
La habitación era modesta: una cama de hierro, un ropero antiguo y una ventana estrecha. Pero olía a limpio.
—Gracias, hijo —le dijo Elena a Fernando, colocando a Blanquita en el suelo—. Hoy fuiste un ángel enviado del cielo.
Fernando, conmovido, les dio un billete de 100 pesos antes de irse. —Paso por aquí todas las semanas. Cualquier cosa que necesiten, avísenle a Doña Mercedes.
Solos por fin, el peso de la realidad los aplastó. Elena se derrumbó en la cama, llorando sin consuelo. —¿Qué vamos a hacer, Antonio? El dinero que prometen mandar apenas alcanzará para pagar esto y comer.
Antonio se arrodilló a su lado. —Siempre hemos salido adelante, mi amor. Y vamos a salir adelante otra vez, te lo prometo.
Decidieron abrir la maleta. Pesaba más de lo que debería. Dentro, solo unas pocas prendas viejas y remendadas, y un sobre blanco. Era una carta impresa, fría e impersonal, firmada por sus tres hijos. Confirmaba la venta, la mísera pensión mensual de 900 pesos, y les advertía que no crearan “problemas legales”.
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