El día que sepulté a mi marido, también enterré a la mujer débil que yo era… y el secreto escondido en la pared de piedra desde 1962 empezó a despertar.

Los hermanos de Antonio estaban ahí también. Eusebio y Ramón. Dos hombres grandes, de espaldas anchas, manos resecas por el trabajo y miradas duras como piedra. Desde el primer día dejaron claro que yo no les gustaba. Para ellos yo siempre fui “la muchacha pobre”, la que llegó sin dote, sin tierras, sin apellido importante. Decían que no servía para el trabajo del rancho, que era débil, demasiado callada, que no tenía carácter. Antonio siempre me defendía, pero yo sabía que mientras él viviera, era el único muro entre ellos y yo.

Cuando cayó la última palada de tierra y el padre terminó de rezar, la gente empezó a dispersarse. Algunos se acercaron a darme el pésame con frases aprendidas de memoria, otros bajaron la mirada, incómodos, como si mi desgracia fuera contagiosa. Fue justo ahí, a la salida del panteón, cuando Eusebio me cerró el paso. Puso su mano pesada sobre mi hombro, apretando un poco más de lo necesario.

—Carmen —dijo sin mirarme a los ojos—, tenemos que hablar de la herencia.

La palabra me sonó absurda, casi una burla. Antonio no tenía nada a su nombre. Trabajaba de sol a sol en las tierras ejidales de su padre por un jornal miserable. Vivíamos en una casa vieja que no era nuestra, sino “de la familia”.

—¿Qué herencia, Eusebio? —pregunté con la voz temblorosa, acomodando a Mateo, que ya empezaba a llorar de hambre.

Ramón, que estaba detrás prendiendo un cigarro, soltó una risa corta, seca, de esas que no traen nada bueno.
—Mira, mujer —dijo—, ustedes vivían en la casa del camino viejo, pero esa casa no era de Antonio. Era de mi papá. Ahora que él también ya murió, vamos a repartir todo entre los hermanos.

Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
—¿Y mis hijos? —pregunté—. ¿Y yo? ¿Dónde vamos a vivir?

Eusebio suspiró, fingiendo paciencia.
—Hay una casita allá arriba, en el monte, cerca del arroyo seco. Es vieja, sí, pero sirve. Te la vamos a dar. Hacemos los papeles con el notario y es tuya.

—Deberías estar agradecida —añadió Ramón, soltando el humo del cigarro—. No todas las viudas reciben algo.

No discutí. No grité. Sabía que no tenía fuerzas ni aliados. Solo asentí con la cabeza. Esa misma noche regresé a la casa que en tres días dejaría de ser mi hogar.

La cabaña estaba lejos, casi una hora caminando desde el último camino de terracería. El día que me llevaron, subimos en la camioneta vieja de Eusebio. Cuando bajé y la vi por primera vez, sentí un hueco en el estómago. Era una construcción de piedra antigua, cubierta de musgo, con el techo lleno de agujeros y la puerta carcomida. No había ventanas, solo huecos tapados con tablas. El suelo era de tierra húmeda y el aire olía a abandono.

—Aquí es —dijo Eusebio, aventándome una llave oxidada—. Ya es tuya.

Se subieron a la camioneta y se fueron riendo, levantando polvo, hablando de ganado y de hectáreas. Yo me quedé ahí, en medio del monte, con mis hijos y el silencio cayéndome encima como una losa.

La primera noche dormimos en el suelo. Lucía no dejaba de temblar. Mateo lloraba de hambre hasta quedarse sin fuerzas. Yo los abracé, tratando de darles un calor que ni yo tenía. Comimos un poco de pan duro y tomamos agua del arroyo. Miré el cielo a través de los agujeros del techo y me pregunté si ese era el final de nuestra historia.

Los días siguientes fueron los más largos de mi vida. Hambre, frío, miedo constante. Empecé a juntar leña, a reparar como podía la puerta, a tapar los huecos con trapos viejos. Al tercer día sentí que alguien me observaba. Lo vi claramente: un hombre a caballo, parado entre los encinos. No hablaba. Solo miraba. Se fue. Volvió al día siguiente. Y al otro. Siempre al atardecer.

Hasta que un viernes se acercó y me habló.
—Me llamo Don Aurelio —dijo—. Soy el dueño del rancho de al lado.

Su voz no era amenazante, pero sus ojos estaban llenos de preocupación. Me dijo que esa casa no era una simple ruina, que escondía algo valioso, algo que había provocado pleitos y muertes muchos años atrás. Si mis cuñados se enteraban antes de que yo firmara los papeles, podía perderlo todo… incluso la vida…

Parte 2 : Esa noche entendí que no me habían regalado una casa… me habían entregado una condena.
Y que si no descubría el secreto escondido entre esas paredes, mis hijos y yo no íbamos a salir vivos de ahí…

 

 

 

 

ver continúa en la página siguiente