El día que sepulté a mi marido, también enterré a la mujer débil que yo era… y el secreto escondido en la pared de piedra desde 1962 empezó a despertar.

Esa noche, con una vela temblorosa y un cuchillo viejo que había sido de Antonio, empecé a revisar la casa con el corazón latiéndome en la garganta. Cada golpe en la pared me hacía pensar que alguien iba a aparecer de la nada. Mateo dormía en un rincón, exhausto de tanto llorar, y Lucía me miraba en silencio, como si entendiera que algo importante estaba a punto de pasar.

Golpeé una pared… nada. Otra… nada. Hasta que, detrás del fogón viejo, el sonido cambió. Hueco. Ahí, con las uñas rotas y las manos sangrando, quité piedras una por una hasta encontrar una caja antigua, cubierta de polvo y telarañas. Cuando la abrí, sentí que el mundo se me venía encima.

Había monedas de oro, documentos amarillentos, escrituras ejidales y un testamento fechado en 1962. Todo estaba claro: quien fuera dueño legal de esa casa de piedra era también dueño de tierras, agua y ganado. Todo lo que mis cuñados habían ambicionado durante años… estaba ahí, escondido, esperando a alguien que no tuviera miedo.

No dormí en toda la noche. Pensé en huir, venderlo todo en secreto, desaparecer con mis hijos. Pero luego miré a Lucía, tan chiquita y tan seria, y entendí algo: si yo huía, toda la vida iba a seguir huyendo.

Dos días después, mis cuñados regresaron. Esta vez no venían solos. Traían a un abogado del pueblo y esa mirada de quien ya se siente ganador. Golpearon la puerta, gritaron que yo no tenía derechos, que esa casa no era mía, que estaba loca.

—Salte por las buenas, Carmen —gritó Eusebio—. O te vamos a sacar.

Miré a mis hijos. Sentí miedo, sí, pero también algo nuevo: una fuerza que no sabía que tenía. Esa misma noche, cuando ellos creían que yo estaba derrotada, prendí fuego a la cabaña. El humo cubrió el monte y, por detrás, escapé con mis hijos y los documentos pegados al pecho.

Nos persiguieron. Escuché sus voces, sus amenazas, sus planes para quitarme a mis hijos, para desaparecerme como si nunca hubiera existido. Nos escondimos bajo las raíces de un encino viejo, con la tierra mojada hasta el cuello. Ahí, temblando, murió la mujer asustada que había sido toda su vida. Ahí nació otra.

 

 

 

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