El día que sepulté a mi marido, también enterré a la mujer débil que yo era… y el secreto escondido en la pared de piedra desde 1962 empezó a despertar.

Al amanecer, Don Aurelio nos encontró. No hizo preguntas. Solo ayudó. Viajamos hasta Oaxaca capital. Registré cada papel con un notario honesto. Peleé en juzgados donde me miraban por encima del hombro. Lloré muchas noches. Dudé. Pero no me rendí.

Seis meses después, el juez dictó sentencia. La casa, las tierras, el oro… todo era mío. Mis cuñados lo perdieron todo. Y yo, por primera vez, sentí paz.

Hoy, quince años después, El Robledal ya no es un recuerdo de dolor. Es un emporio que da trabajo a mucha gente. Mis hijos crecieron fuertes, con la frente en alto. Y yo ya no soy la viuda pobre que miraban con lástima.

Soy la mujer que entendió que la dignidad no se hereda… se defiende.
Que cuando te empujan al abismo, a veces no te caes…
aprendes a volar.

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