El heredero secreto tras la millonaria deuda del corazón del magnate
Los segundos se alargaron, tensos por la expectativa. Entonces la puerta se abrió.
Sofía estaba allí.
El tiempo había dejado su huella: finas arrugas en el contorno de sus ojos, una serena resiliencia en su postura, pero su mirada era inconfundible.
Directa. Firme. Impasible. Llevaba el pelo recogido con sencillez, su ropa práctica y sin adornos, como si perteneciera a una vida que no requería pruebas de valía.
"¿Alex?", dijo, con un tono de incredulidad acentuado. "¿Por qué estás aquí?"
Todo lo que había planeado decir se desvaneció.
"Solo..." Su voz se quebró. "Necesitaba verte".
Y en ese momento, de pie en un umbral, lejos de la riqueza y el poder, Alex se sintió más pobre que nunca.
Sofía lo escrutó, sus ojos oscuros llenos de una mezcla indescifrable de sorpresa, sospecha y quizás, apenas perceptible, un atisbo de curiosidad. Tras unos instantes que parecieron horas, se hizo a un lado. "Pasa", dijo con voz impasible. "No te quedes ahí parado".
Alex entró; la tensión se palpaba en el aire, tan densa que casi podía tocarla. La habitación era pequeña, sencilla, pero inmaculada. Un sofá de tela desgastada, una mesa de centro de madera, estanterías llenas de libros y algunas plantas. El aroma a café y un sutil ambientador llenaban el espacio, un aroma hogareño que lo envolvió. Cerró los ojos un momento, intentando asimilarlo.
"¿Quieres algo de beber?", ofreció Sofía, dirigiéndose a la cocina. "Tengo agua, o quizás un té".
"Agua, por favor", respondió con la garganta seca. Mientras se movía con silenciosa eficiencia, Alex no pudo evitar que su mirada vagara por la habitación, absorbiendo cada detalle, cada rastro de la vida que Sofía había construido sin él. Fue entonces cuando lo vio.
En una mesita auxiliar, junto a una lámpara de lectura y una maceta con una orquídea morada, había una fotografía enmarcada.
Una foto reciente. En ella, sonriendo con una inocencia cautivadora, estaban Sofía... y un niño. Un niño de unos cuatro o cinco años, con el pelo castaño despeinado y brillantes ojos azules.
El mundo de Alex se detuvo. Su corazón, que ya latía con fuerza, dio un vuelco doloroso y se detuvo por completo. Esos ojos. Eran inconfundibles. Idénticos a los suyos, el mismo azul intenso, la misma forma almendrada. Se le cortó la respiración. Sintió un escalofrío gélido recorrerle la espalda, a pesar del calor de la habitación.
Se giró lentamente hacia Sofía, que regresaba con el vaso de agua en la mano. Tenía el rostro pálido, la boca seca, la mirada fija en la fotografía, luego en ella. Sofía lo observaba con una expresión indescifrable, una mezcla de dolor, resignación y una verdad silenciosa que no necesitaba palabras. La jarra de agua se le resbaló de las manos, rompiéndose en mil pedazos contra el suelo, pero ninguno de los dos pareció darse cuenta. El niño de la fotografía era su hijo.
Alex se quedó paralizado, incapaz de apartar la mirada de Sofía. El silencio era ensordecedor, roto solo por el goteo que escapaba de los fragmentos de la jarra. Su mente trabajaba a toda velocidad, procesando la imagen del niño, sus rasgos innegables, la verdad que Sofía le transmitía.
¿Por qué?
La revelación de la carta de cese y desistimiento impactó a Alex como un rayo. Su mente, acostumbrada a la precisión y al control absoluto sobre su imperio, se negaba a creerla. No había dado esa orden. ¿O sí? Los recuerdos de aquellos días, un torbellino de reuniones, lanzamientos y presión de los inversores, eran borrosos. Había delegado demasiado en su equipo legal, confiando ciegamente en su criterio para "proteger" su imagen y su tiempo.
"¿Estás segura, Sofía?", preguntó Alex, con la voz teñida de incredulidad y creciente horror. "Nunca... nunca autorizaría algo así contra ti ni contra tu familia".
Sofía lo miró con una mezcla de lástima y escepticismo. "Tengo la copia, Alex. Firmada por tu bufete, con tu nombre en el encabezado. Miguel intentó hablar contigo por mi propio bien, porque estaba preocupado por mí y por el bebé. Y recibió esa amenaza legal. ¿Crees que me habría expuesto a tu desprecio de nuevo después de eso?" A Alex le hirvió la sangre. Lo habían manipulado, o al menos habían traicionado su confianza. Su abogado principal en aquel entonces, Richard Sterling, siempre había sobreprotegido su reputación. Era evidente que Sterling había actuado por su cuenta, interpretando las órdenes de Alex de "eliminar distracciones" de la forma más fría y despiadada posible. La deuda que tenía no era solo por su egoísmo, sino también por la crueldad que su éxito le había permitido.
"Sofía, te juro por mi vida que no sabía nada de esa carta", dijo Alex, con una convicción que Sofía no había oído en años. "Richard Sterling... se suponía que debía 'proteger' mi imagen. Pero esto... esto es inaceptable". Sacó su teléfono. "Voy a llamarlo ahora mismo. Y te aseguro que pagará por esto".
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