El hijo abandonó a su madre, la vendedora de elotes, sin saber que al hacerlo estaba abandonándolo todo.
—¿Y si me quedo unos días? Nomás… mientras veo qué hago. Me da miedo regresar así, Miguel.
Miguel dio un paso atrás. No fue brusco, pero fue claro.
—No, mamá… de verdad. Viene mi suegro. Y Lorena… ya sabes cómo es.
Ese gesto se le clavó a Rosa en el pecho. No fue la negativa, fue el olor. Sus manos olían a tierra, a leña, a vida trabajada. Y eso, ahí, era un problema.
Miguel abrió la puerta del coche.
—Luego te marco —dijo rápido, sin abrazarla.
El auto se fue. Doña Rosa se quedó sola en la banqueta, con el billete en la mano y la bolsa de elotes colgándole como un peso extra. La ciudad le pareció enorme y fría. Caminó hacia la terminal como quien camina sin saber a dónde ir.
En el andén, mientras buscaba un pañuelo, se le cayó un sobre amarillento. No lo abrió. No tenía fuerzas para enfrentar más papeles. El chofer la miró por el espejo.
—¿Está bien, jefita?
Doña Rosa asintió sin hablar.
Cuando las luces de la ciudad quedaron atrás, abrió la bolsa. Los elotes seguían intactos. Miguel ni siquiera los había tocado. La señora del asiento de al lado los miró con hambre.
—¿Son elotes?
—Sí —respondió Rosa sin emoción—. Lléveselos. Se van a echar a perder.
La señora los tomó como si le hubieran dado un tesoro. La miró con lástima, y ese gesto también dolió…
Doña Rosa volteó a la ventana y dejó que el paisaje la tragara: cerros, sombras, polvo.
Llegó al pueblo de madrugada. La terminal estaba cerrada. Caminó por el camino de terracería con la bolsa vacía, oyendo el crujido de sus propios pasos. Al entrar a la casa, dejó la bolsa sobre la mesa y se quedó de pie, inmóvil.
—Para cuando Miguel lo necesite —susurró otra vez, y por primera vez esa frase le supo amarga.
En la quietud de la cocina recordó otro día: ella joven, en un tianguis, con tres chivos amarrados. Un hombre le puso un fajo de billetes en la mano. Doña Rosa los contó, caminó hasta la escuela y pagó la inscripción de Miguel. El niño salió corriendo con su mochila nueva, sonriendo como si la vida fuera fácil.
—Gracias, mamá.
A ella le olían las manos a chivo. Y no le importaba. Porque ese olor era amor.
Volvió al presente y miró sus manos: uñas negras de tierra, piel agrietada, venas marcadas. Sacó las escrituras del bolsillo. El papel estaba doblado y amarillento. No las miró a fondo; solo las usó para tapar la grieta de la ventana. Luego se acostó sin cenar.
Al día siguiente la tierra estaba seca, cuarteada. Doña Rosa se agachó, agarró un puño de polvo y lo dejó caer entre los dedos.
—¿Y ahora qué hago? —le dijo al viento.
No hubo respuesta.
Fue al pueblo y entró a la tienda de Don Carmelo.
—Buenos días, Don Carmelo.
—Buenos días, Rosita.
—Necesito frijoles y un poquito de arroz… se lo pago en cuanto pueda.
Don Carmelo negó con la cabeza.
—Rosita, ya me debes tres meses.
—Lo sé… pero la granizada…
—No puedo darte más fiado.
La vergüenza le subió a la cara.
—Trabajo. Limpio la bodega. Lo que sea.
Don Carmelo suspiró.
—Está bien. Limpias la bodega y te doy un kilo de frijol.
Mientras barría, escuchó a Doña Esperanza murmurar:
—Qué raro que su hijo la deje así… con lo bien que le va en la ciudad.
Doña Rosa no levantó la cabeza. Había aprendido que el llanto no paga deudas.
Ese mismo día, un carro brillante se detuvo frente a su terreno.
En la ciudad, Miguel vivía su propia sequía: números rojos, llamadas de su suegro, mentiras caras.
Hasta que un día vio a su madre en las noticias, firmando un contrato millonario por litio.
El piso se le movió.
Había mentido diciendo que estaba muerta.
Y ahora estaba más viva que nunca.
Miguel lo perdió todo: el trabajo, el matrimonio, el orgullo.
Regresó al rancho.
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