El hijo abandonó a su madre, la vendedora de elotes, sin saber que al hacerlo estaba abandonándolo todo.

—Mamá…

Doña Rosa lo miró sin prisa.

—Miguel.

—Vine a pedirte perdón.

—Yo ya te perdoné hace tiempo —dijo ella—. Pero perdonar no siempre significa volver a abrir la puerta.

Miguel entendió, demasiado tarde.

Doña Rosa se quedó en su tierra, digna, en paz.

Y si algo dejó esta historia fue esto:

uno puede perder cosechas, dinero, hasta gente…
pero nunca debería perder la dignidad.
Porque la dignidad no se compra ni se hereda:
se trabaja, se defiende y se honra,
aunque te dejen esperando con una bolsa de elotes en la mano.

 

 

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