EL HUÉRFANO QUE NUNCA SE RINDIÓ: PERDIÓ TODO, PERO SU FE LO CAMBIÓ TODO

En algún rincón de la sierra de Oaxaca, donde el aire de la mañana huele a tierra húmeda y a leña recién encendida, vivía un joven llamado Emiliano Reyes. Tenía dieciocho años y una mirada que parecía más vieja que su edad, no porque se hubiera rendido, sino porque la vida ya le había cobrado lo que a muchos les toma décadas: la pérdida de sus padres.

Los vecinos del pequeño pueblo lo miraban con lástima. “Pobrecito”, decían algunos, mientras que otros, más fríos, lo observaban como se mira a un árbol seco: con la certeza de que tarde o temprano caería. Emiliano había heredado una parcela amplia, sí, pero “amplia” no significaba fértil ni fácil de trabajar. Era un terreno extendido y terco, con cercas a medias, un jacal de madera y barro, y un corral donde lo único que realmente le pertenecía —además de su apellido y su fe— era una vaca mansa llamada La Güera, un burro viejo y fiel llamado Bronco y unas gallinas escandalosas que corrían como si el mundo dependiera de ellas.

No tenía tractor ni arado ni herramientas finas. Solo un machete con el mango desgastado, unas manos callosas y una disciplina que le quemaba los huesos: levantarse antes que el sol. Cada madrugada, cuando el frío calaba hasta los tobillos y el silencio parecía rezar también, Emiliano ordeñaba a La Güera con paciencia, llenaba dos cántaros y los amarraba al lomo de Bronco. Luego caminaba hacia el mercado del pueblo por un camino de piedras, polvo y espinas, como si cada paso fuera una conversación privada con Dios.

En el mercado vendía la leche. A veces también lograba vender algunos huevos envueltos en un trapo, como si fueran joyas frágiles. Con eso compraba lo básico: maíz, frijol, sal, un poco de jabón. Cuando alcanzaba, un pedazo de pan dulce para sentir que la vida aún podía tener ternura. Regresaba a casa con lo justo, y aun así cada noche dejaba un poco de alimento para sus animales antes de pensar en sí mismo. Para él no eran “cosas”, eran familia en forma de pelo, plumas y pezuñas.

En el pueblo había muchachos de su edad que no cargaban cántaros ni levantaban cercas. Eran hijos de rancheros acomodados, de esos que se paran con botas limpias como si el barro fuera una ofensa. Se acercaban a Emiliano con sonrisas de burla y palabras suaves como cuchillos.

—¿Y tú qué, Emiliano? —le decían—. ¿Todavía sueñas con tener ganado? Si apenas traes una vaca flaca y un burro que ya ni rebuzna.

A veces lo rodeaban entre risas, como si su pobreza fuera un espectáculo. Él tragaba saliva, no porque les creyera, sino porque dolía que se rieran de la esperanza.

—Algún día —respondía él, sin gritar, sin temblar—, Dios me va a dar para levantar mi ranchito.

—¿Dios? —se burlaban—. ¿Dios te va a dejar vacas en la puerta? Baja de esa nube, hombre.

Emiliano levantaba la vista, no hacia ellos, sino hacia un punto más alto, como si su corazón ya supiera dónde estaba la respuesta.

—El Dios que yo tengo escucha —decía—. Y cuando sea el tiempo, abrirá camino donde nadie ve camino.

La mayoría se reía más fuerte, otros callaban incómodos. Emiliano no discutía. Solo seguía. Porque quien tiene hambre no se puede dar el lujo de perder el día en peleas.

 

 

 

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