EL HUÉRFANO QUE NUNCA SE RINDIÓ: PERDIÓ TODO, PERO SU FE LO CAMBIÓ TODO
Sus tardes eran de machete y sudor: limpiar matorrales, enderezar postes, tapar huecos en la cerca, sacar piedras de un terreno que parecía aferrado a no dar nada. Pero él hablaba con su tierra como quien habla con un hijo terco:
—Vas a dar, vas a dar… no porque yo sea grande, sino porque Dios es bueno.
Y cuando el cansancio lo doblaba, se sentaba bajo un mezquite, escuchaba el respirar de Bronco, el aleteo de las gallinas, el mugido lento de La Güera… y se obligaba a recordar que aún tenía motivos para agradecer.
Desde que sus padres habían muerto, Emiliano había hecho algo que no negociaba: arrodillarse cada noche. No importaba si había vendido bien o si volvía con los bolsillos casi vacíos. No importaba si el mundo lo trataba como si su vida no valiera mucho. Él se arrodillaba sobre la tierra fría del jacal y hablaba con Dios como se habla con alguien que sí te conoce de verdad.
—Señor —decía, con la voz quebrada a veces, firme otras— gracias por esta tierra, aunque esté sola. Gracias por La Güera, por Bronco y por estas gallinas escandalosas. Gracias porque aunque me quedé huérfano, no me has dejado. Tú sabes que no quiero presumir, solo quiero trabajar y que esto prospere. Dame, en tu tiempo, ganado para levantar esto… y si también es tu voluntad, dame una compañera para formar un hogar.
Lágrimas surcaban su rostro. No eran lágrimas de derrota, eran de alguien que aprendía a sostenerse con lo único que no se compra: la fe.
Pasaron los años, despacio, como las estaciones del campo: silenciosas, pero cambiando todo por dentro.
Al cumplir veinticuatro, el destino, como midiendo hasta dónde llegaba su confianza, decidió apretarle el corazón. Una mañana gris, Emiliano salió al corral para ordeñar. Esperaba el mugido de La Güera. No lo escuchó. Caminó más rápido, luego corrió.
La encontró tirada, respirando pesado, ojos opacos. Emiliano se hincó junto a ella, le acarició el cuello.
—No, no, no… —susurró—. Aguanta, Güera. Aguanta.
Pero el campo tiene sus propias despedidas. La vaca exhaló por última vez, su vida se apagó como una vela sin cera. Emiliano permaneció ahí, llorando con el alma abierta, cavando una fosa con sus manos y su machete. Enterraba más que una vaca: enterraba el sonido de sus mañanas, el sustento, el recuerdo de sus padres.
Esa noche, la finca se sintió enorme y vacía, y el silencio pesaba. Como si no bastara, Bronco empezó a enfermar. Caminaba lento, tembloroso, con los ojos apagándose. Emiliano no era rico, pero no era indiferente. Lo llevó al pueblo, gastó sus pocos ahorros en un veterinario que le dio remedios amargos, polvos, jarabes, promesas.
—Hay que esperar —le dijeron.
Esperó. Cada día Bronco parecía más lejos de la vida.
Una tarde, regresando a la finca, aparecieron dos coyotes famélicos entre los matorrales, ojos encendidos, calculando. No miraban a Emiliano, miraban al burro enfermo como quien ve comida que no puede dejar escapar.
El miedo es rápido, pero el amor por Bronco fue más fuerte. Emiliano sacó el machete. No para presumir valentía; para proteger lo poco que le quedaba.
—Si lo quieren —gritó— tendrán que pasar por mí.
Los coyotes se lanzaron. Tierra, gruñidos, golpes de corazón. Emiliano los hirió y los hizo huir. Respiraba temblando, pero no de miedo: de vida, de adrenalina. Abrazó el cuello de Bronco.
—No te voy a dejar, viejo. ¿Me oyes? No te voy a dejar.
Un campesino que pasaba se detuvo. Lo miró como algo que no entiende.
—Caray… —murmuró— este muchacho tiene algo grande…
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