EL HUÉRFANO QUE NUNCA SE RINDIÓ: PERDIÓ TODO, PERO SU FE LO CAMBIÓ TODO
Esa noche, Emiliano se arrodilló mirando un cielo estrellado y por primera vez su oración salió con reclamo:
—Señor… ¿por qué tantas pruebas? Primero mis padres, luego La Güera, ahora Bronco… ¿quieres quebrarme?
Recordó la voz de su madre: “Todo lo que Dios permite, aunque duela, tiene propósito”.
—Perdóname, Señor —susurró—. Soy humano. Me duele. Pero no quiero soltar la fe que me dejaron. Si lo permites, lo acepto. No me sueltes. Sigo confiando.
En otra parte, más al oriente, Don Arcadio, dueño de un rancho enorme, perdía el sueño: un oso negro mataba su ganado cada noche. Su hija Lucía, joven con luz en los ojos, lo miraba con preocupación. El campesino que vio a Emiliano con los coyotes habló de su valentía y fe. Don Arcadio quiso conocerlo.
Al día siguiente, hombres del rancho llegaron a la parcela humilde. Emiliano, junto a Bronco, los recibió con calma y oración. Don Arcadio lo observó: botas gastadas, ropa sencilla, manos de trabajo.
—Si derrotas a esa bestia —dijo— te daré la mitad de mi ganado y de mis animales. Y la mano de mi hija, si ella acepta.
Emiliano solo inclinó la cabeza:
—No temo —respondió—. No voy en mi fuerza, sino en la de Dios.
Lucía, a unos pasos, lo observaba con respeto. Esa noche, Emiliano casi no comió; en su cuarto se arrodilló:
—Señor, Tú sabes que no busco gloria. Si me das la victoria, será para Tu honra. Y si caigo… que mi último aliento sea agradecimiento.
Al amanecer, tomó la lanza que él mismo había afilado. Los hombres cargaron escopetas, tensos, pero algo de la fe de Emiliano se pegó en ellos. Buscaron al oso hasta que apareció, rugiendo. Emiliano se plantó, lanzando la lanza en el momento exacto. La punta entró, el oso cayó. Silencio pesado, sagrado.
Don Arcadio cumplió su palabra. Emiliano recibió animales, tierra, oportunidad. Lucía eligió darle la mano, no por riqueza, sino por la fe y paz que vio en él cuando no tenía nada.
Con el tiempo, Emiliano regresó a su parcela, ya no solo: volvió con ganado, trabajadores y herramientas. Bronco se recuperó. La tierra cobró vida y Emiliano mantuvo su costumbre: cada noche se arrodillaba.
—Gracias, Señor —decía—. Gracias por no soltarme cuando yo me sentía vencido. Gracias por la prueba y por la salida. Ayúdame a recordar de dónde me sacaste.
Dicen que Emiliano fue padre. Sus hijos crecieron viendo el ejemplo de trabajo, respeto y fe que su padre les dio. Y los que antes se burlaban, lo miraban en silencio, no por humillación, sino porque su vida les respondió sin palabras.
Lo imposible se volvió posible, no porque Emiliano fuera perfecto, sino porque incluso cuando perdió casi todo, siguió hablando con Dios, confiando, levantándose cuando el dolor quería dejarlo en el suelo.
Y quizá hoy, lector, si estás cargando tus propios cántaros invisibles, atravesando caminos de polvo, escuchando burlas o enfrentando pérdidas incomprendidas… duele, sí. Pero si no sueltas la fe, si sigues haciendo lo correcto aunque nadie aplauda, si sigues caminando con el corazón hecho pedazos… Dios puede abrir una puerta donde todos juraban que solo había pared
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
