La Sala 4 del Juzgado Cívico de Guadalajara estaba cargada de un aire espeso, mezclado con el zumbido cansado del aire acondicionado, el olor a café viejo y esa burocracia que se pega a la piel. En la tercera fila, sentada con la espalda recta como si aún estuviera en formación, estaba Elena Andrade, cincuenta y ocho años, ex Maestre de Sanidad Naval. Vestía una blusa roja sencilla y, sobre el pecho, llevaba la Condecoración al Valor Heroico de Primera Clase: una cinta azul cielo con trece estrellas bordadas y una estrella dorada al centro, abrazada por un ancla y laureles. No brillaba por vanidad, brillaba por memoria.
Elena no estaba ahí por ella. Había ido a acompañar a Roberto Martínez, al que todos llamaban Beto, el hijo de su vecina Doña Lupita. Un muchacho bueno, estudiante de ingeniería, al que le habían puesto una multa por estacionarse en un lugar prohibido. Tres mil pesos que para otros eran nada, pero para él significaban comer o no comer esa semana.
En el estrado estaba el juez Ramiro Hinojosa. Cabello perfectamente engominado, traje caro, lentes dorados que se quitaba y se ponía como si fueran un arma para intimidar. Despachaba los casos con desprecio: humilló a una señora que vendía tamales sin permiso, gritó a un taxista como si fuera un niño. Se notaba que disfrutaba el poder.
—La multa se mantiene, señor Martínez —dictó finalmente, golpeando el mazo con satisfacción.
Beto bajó la cabeza, vencido. Elena apretó la mandíbula. La rabia le subió al pecho, pero respiró hondo. Disciplina. Siempre disciplina.
Entonces la mirada del juez se clavó en ella. No en su rostro, no en su postura firme, sino en la medalla.
—Señora de la blusa roja —dijo con desagrado—, quítese ese… collar. Esto es un tribunal, no un salón de fiestas. Aquí no se permiten baratijas llamativas ni disfraces.
El silencio cayó como un golpe seco. Elena levantó la voz sin alzar el tono, serena, firme.
—No es un collar, su señoría. Es la Condecoración al Valor Heroico de Primera Clase, otorgada por el Estado Mexicano. La ley me autoriza portarla en actos públicos.
El rostro del juez se puso rojo. Nadie lo contradecía en su sala.
—¡Me importa un bledo! —escupió—. Es ostentosa, vulgar. ¡Quítesela ahora mismo o la mando a sacar!
Elena no se movió ni un centímetro.
—No me la voy a quitar.
El juez explotó.
—¡Oficial Ramírez! ¡Arránquele esa baratija y arréstela por desacato!
El alguacil Ramírez, un hombre grande, cansado, se acercó con pasos inseguros. Él sabía distinguir el metal del honor, pero también sabía lo que eran las órdenes.
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