El patrón golpeó a su esposa embarazada… pero subestimó por completo a la familia de ella

Solo existes porque yo lo permito —

Desde fuera, Esteban Blanco-López parecía tenerlo todo: un despacho en la esquina superior de un rascacielos en Santa Fe, Ciudad de México, con paredes de vidrio que permitían contemplar el bullicioso horizonte de la capital, titulares que lo elogiaban como un “líder visionario” y un matrimonio que las revistas de negocios llamaban una “unión de poder.” Su esposa, Isabella López-Blanco, pertenecía a una de las familias más acaudaladas de México, con inversiones en toda América Latina y una influencia que, discretamente, moldeaba mercados. Estaba embarazada de siete meses, elegante, de voz suave y cada vez más callada.

La noche en que todo se rompió, Esteban organizó una cena privada en su penthouse en la Torre Reforma. Los invitados se habían ido temprano y la ciudad brillaba bajo ellos. Isabella estaba junto a la ventana, una mano descansando sobre su vientre, cuando el teléfono de Esteban vibró. Al mirar la pantalla, su mandíbula se tensó. Era un mensaje de Mariana Cortés, su amante, directo y posesivo, acusándolo de debilidad.

 

 

 

 

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