Y escuchó.
Pasaron los años.
En una tarde de primavera en Ciudad de México, Isabella observaba a Elena jugar en un jardín bañado por el sol. La risa de su hija se sentía sagrada. Isabella comprendió que la historia nunca había sido sobre la caída de Esteban.
Había sido sobre su supervivencia.
Sobre negarse a dejar que la violencia definiera el futuro.
Sobre demostrar que incluso las estructuras de poder más fortificadas colapsan ante la verdad, la preparación y la negativa a permanecer en silencio.
Esteban pasaría la vida comprendiendo demasiado tarde lo que había perdido: no solo riqueza o influencia, sino la oportunidad de ser decente.
Isabella ya había seguido adelante.
Y eso, más que la cárcel o la vergüenza pública, fue la consecuencia impensable que él nunca vio venir.
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