Él quiso matarn*s a mi hijo y a mí en esa tierra desolada… pero no sabía que la tierra escondía otro secreto.

El último palazo de tierra sobre el ataúd sonó como si el mundo cerrara una puerta para siempre. Carmen se quedó quieta, con los dedos enterrados en la tela negra de su vestido ya gastado, y con Dieguito —siete años, ojos enormes, miedo más grande todavía— aferrado a su falda como si ahí estuviera la última pared capaz de protegerlo. No hubo banda, ni coronas, ni discursos largos. Solo una neblina gris cubriendo el panteón del pueblo y ese olor a humedad que se te pega en la garganta.

Pedro había sido un hombre bueno, de los que se parten el lomo sin hacer ruido. Años trabajando para Rodolfo Méndez, el patrón más grande del valle, y aun así regresaba a casa con una sonrisa chiquita, como si trajera un tesoro escondido.
—Mientras estemos juntos y el chamaco esté sano, somos más ricos que Rodolfo con todo su oro —decía por las noches, cuando la cena eran frijoles y la luz apenas alcanzaba con una vela.
Carmen se reía bajito, porque en esa casa humilde cabía la pobreza, sí… pero también cabía la paz.

Luego la fiebre llegó como llega la injusticia: rápido y sin avisar. Tres días. Tres noches de trapos fríos, rezos atropellados y la sensación de que el aire ya no alcanzaba. Al cuarto día, Pedro se fue, dejando la cama vacía y una pregunta atravesándole el pecho a Carmen: ¿y ahora qué va a ser de nosotros?

De regreso del entierro, el camino hasta la casita prestada dentro de los terrenos de la hacienda se le hizo eterno. Carmen caminaba con Dieguito a su lado, el dolor hecho piedra en la boca: no podía llorar. No frente a él. El niño miraba el suelo y, de vez en cuando, susurraba con esa inocencia que rompe el alma:
—No llores, mamita… papá está con los angelitos, ¿verdad?
Carmen lo abrazó fuerte, respirando el olor a jabón barato del cabello de su hijo como si eso fuera lo único que la mantenía de pie.

Pero la calma triste duró menos que una sombra al moverse.

 

 

 

 

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