Él quiso matarn*s a mi hijo y a mí en esa tierra desolada… pero no sabía que la tierra escondía otro secreto.
Un motor potente rugió afuera, levantando polvo en la entrada. Carmen supo, antes de verlo, que era Rodolfo. Ese ruido no era solo de una camioneta: era el sonido de alguien que cree que el mundo le pertenece. Rodolfo bajó con la camisa impecable, el sombrero fino, y esos ojos chiquitos donde la compasión nunca aprendió a vivir. Ni siquiera cerró la puerta del vehículo. Miró la casa, las paredes descarapeladas, las gallinas flacas del patio. Miró todo como se mira algo que estorba.
—Carmen —dijo sin saludar—. Lamento lo de Pedro. Era un buen brazo.
“Un buen brazo”. Ni hombre, ni esposo, ni padre. Un brazo. Carmen tragó saliva, sintiendo cómo se le encendían las mejillas.
—Gracias, don Rodolfo… fue muy rápido.
Rodolfo hizo un gesto con la mano, como espantando una mosca.
—La vida sigue. Y los negocios no esperan a los muertos. Vengo a lo práctico: esa casa es para los trabajadores. Pedro ya no está. Tú no trabajas el campo. Mañana llega el nuevo capataz. Necesito la casa desocupada.
El suelo pareció moverse bajo los pies de Carmen. Miró a Dieguito, que se escondía detrás de ella.
—Pero… acabamos de volver del panteón —susurró—. No tengo a dónde ir. Mi hijo…
Rodolfo soltó una risa seca, sin una pizca de humor.
—¿Crees que soy beneficencia? Casa por trabajo. Sin trabajo, no hay casa. Tienes dos horas. Si no, mando a mis hombres a “limpiar”.
Dieguito, temblando, asomó la cabeza.
—¡Señor malo! ¡Deje a mi mamá!
Rodolfo lo miró con desprecio, como se mira a un perro callejero.
—Enséñale modales al chamaco, Carmen, o la vida se los va a enseñar a golpes.
Y entonces, como si la crueldad todavía pudiera disfrazarse de generosidad, sacó un papel arrugado….
—No soy un monstruo. Pedro trabajó años aquí… y sabía cosas. Por esa lealtad te doy algo. Toma. Una parcela al norte. Quebrapiés. Es tuya.
Carmen recibió el documento con manos temblorosas. Conocía ese nombre. Todo el mundo lo conocía. Una ladera empinada, pura roca negra, espinos secos. Un lugar donde ni las cabras se quedaban. Ahí no crecía nada. Ahí, decían, solo crecía el fracaso.
—Don Rodolfo… eso es puro cascajo. ¿Cómo vamos a vivir ahí? No hay agua, no hay techo…
La carcajada de Rodolfo explotó con ayuda de sus guardaespaldas.
—Pues aprende a comer piedras —gritó—. Soy generoso: te estoy dando tierra. Si logras que algo crezca en ese basurero, te haces rica. Pero hazlo lejos de mi vista.
Se acercó, y su voz bajó a un susurro con olor a tabaco caro.
—Pedro se llevó mis secretos a la tumba. Tú llévate tu miseria a Quebrapiés. Ahora lárgate.
La camioneta se fue dejando polvo en la cara de Carmen y tos en el pecho de Dieguito. En el umbral de la casa que ya no era suya, Carmen sintió una mezcla de vergüenza y rabia tan caliente que casi le quemó los ojos. Entonces escuchó la voz de su hijo:
—Mamá… tengo hambre.
Empacó lo poco que tenían en sábanas viejas: ropa, una olla, dos cucharas, un cuchillo, una manta raída, un costalito de arroz. Guardó una foto borrosa de su boda y, sin mirar atrás, se fue con Dieguito de la mano. Nadie del pueblo se acercó. Nadie ofreció una carreta. El miedo a Rodolfo pesaba más que la compasión.
Subieron durante horas. Cuando llegaron, el corazón de Carmen se hundió. El terreno parecía de otro planeta: rocas volcánicas negras, grava suelta, espinos, viento helado.
—¿Aquí vamos a vivir, mamá? —preguntó Dieguito, buscando con la mirada una casa que no existía.
Carmen alzó la vista y vio nubes negras amontonándose como amenazas. Sintió miedo, sí… pero también algo más: una rabia de madre que le encendió el pecho.
—Rodolfo cree que aquí nos vamos a morir —murmuró—. Se equivoca.
Armaron un refugio con una lona vieja y ramas. Dos piedras grandes como paredes. Era frágil. La cena fue arroz frío con agua. Dieguito comió en silencio y luego preguntó:
—Mamá… si papá estuviera aquí, él habría hecho una casa de verdad, ¿verdad?
Carmen no respondió con palabras. Lo abrazó.
Entonces el cielo rugió. Un relámpago partió la noche y el trueno hizo vibrar la montaña. La lluvia cayó con furia, el viento sacudió la lona, el agua bajó arrastrando lodo y piedras. En minutos estaban empapados. Un golpe levantó la lona, todo voló.
Quedaron a la intemperie. Carmen cubrió a su hijo con el cuerpo, recibiendo cada impacto en la espalda.
—Dios mío… —gritó— ¿por qué?
Cuando amaneció, no trajo gloria. Trajo destrucción. El terreno estaba abierto en zanjas profundas. No quedaba nada. Dieguito estaba pálido.
—Mamá… no siento los pies.
Carmen cayó de rodillas en el barro.
—Perdóname…
Entonces escuchó pasos. Apareció un anciano encorvado, poncho gris, bastón nudoso: don Anselmo, el “loco” de la montaña.
—Cubre al niño —dijo—. El frío de la mañana mata más rápido.
Miró el suelo lavado por la tormenta, y sus ojos cambiaron.
—La lluvia no roba —dijo—. La lluvia destapa.
Le dio comida. Mientras Dieguito comía, la montaña mostró su secreto. El niño recogió piedras blancas que brillaban.
—¡Mamá! ¡Piedras de hielo!
Anselmo se levantó de golpe.
—No las tires…
—Son vidrios —dijo Carmen.
—No —susurró Anselmo—. Es diamante en bruto.
Probó. El granito quedó marcado. Carmen sintió que el mundo se detenía.
—La roca negra es kimberlita —explicó—. Madre del diamante.
El miedo llegó junto con la esperanza. Vendieron solo una piedra. Comida, mantas, botas. Pero la codicia despertó. El joyero llamó a Rodolfo.
Las camionetas subieron levantando polvo.
—¡Me robaste! —gritó Rodolfo— ¡Mi mina!
—Usted me dio esta tierra —respondió Carmen—. Tengo la escritura.
Amenazas. Un disparo al suelo.
—Diez minutos.
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