Se mudó con las niñas de su cómoda casa en Scottsdale a un pequeño apartamento en las afueras de Albuquerque, diciendo que quería algo más tranquilo. Michael no estaba convencido, pero con tal de poder ver a sus hijas cada semana, lo aceptó.
Todo cambió una noche cuando recibió una llamada informándole de que había ocurrido una situación grave en la carretera y que las autoridades creían que Hannah y las niñas estaban involucradas.
Se encontraron registros y pertenencias, pero nada que aclarara la situación. Conmocionado, abrumado e incapaz de procesar lo que escuchaba, Michael aceptó el informe oficial y las devastadoras suposiciones que surgieron.
En su dolor, organizó un servicio conmemorativo tan grande y lleno de flores que parecía surrealista. Lloró profundamente, creyendo que nunca volvería a oír las voces de sus hijas.
Entonces, dos años después, todo cambió.
La niña junto a las lápidas de mármol
Un sábado tranquilo, mientras Michael limpiaba suavemente el polvo de las lápidas, una vocecita susurró a sus espaldas:
"Señor... ¿disculpe?"
Se giró, irritado al principio. Una niña pequeña estaba allí de pie: delgada, con zapatos gastados y una postura nerviosa, como de disculpa.
"¿Qué pasa?", preguntó.
Tragó saliva con dificultad. "Se trata de... estas chicas".
Michael frunció el ceño. "¿Qué pasa con ellas?"
"No están... aquí", dijo en voz baja. "Viven en mi calle".
Por un instante, el mundo se sintió insoportablemente quieto.
"¿Qué dijiste?", se le atascó la voz.
Señaló los nombres. "Conozco estos nombres. Hay una señora que llama a dos chicas que se parecen a las de estas piedras. Viven en una casita azul. Las veo todo el tiempo".
El corazón de Michael latía con tanta fuerza que podía oírlo.
"¿Te lo estás inventando?", preguntó con la voz tensa.
"No, señor", susurró ella, con lágrimas en los ojos. “Mi mamá está enferma. No quiero nada más que un poco de ayuda para ella. No miento.”
Casi se aleja. Casi. Pero la honestidad brillaba en sus ojos.
“¿Cuánto necesitas?”, preguntó en voz baja.
“Veinte dólares”, murmuró ella.
Él le entregó cien. “Muéstrame dónde viven. Si dices la verdad, te daré mucho más.”
“Ya verás”, dijo ella.
La Pequeña Casa Azul
Siguiendo sus indicaciones, Michael condujo por el pueblo. A cada kilómetro, su respiración se hacía más superficial. Finalmente, se detuvieron frente a una casa azul desgastada con la pintura descascarada y un patio lleno de juguetes viejos.
Alguien vivía allí. Recientemente, y a menudo.
Las piernas de Michael temblaban al acercarse a la puerta y llamar.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
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