En 1845, el Duque Joaquín de la Vega, un hombre poderoso de 32 años, descubriría que la verdad podía estar justo debajo de su propio techo. Las ventanas de la casa grande llevaban días cerradas. Reinaba un silencio absoluto, solo roto por el llanto ahogado que salía del cuarto de Clara. Joaquín acababa de enterrar a su esposa y a su hijo recién nacido. Dos ataúdes, uno al lado del otro; uno demasiado pequeño.
Al regresar a casa, nada funcionaba. Los sirvientes caminaban de puntillas. Clara, su hija de 2 años, se negaba a comer y no dormía. Era duelo en estado puro. Cinco niñeras habían pasado por la casa; ninguna se quedaba. Joaquín, un hombre cuya palabra silenciaba reuniones enteras, era ahora solo el padre de una niña rota. “No me mira”, le confesó al capellán con voz ronca.
En la mañana del undécimo día, Joaquín se vistió con ropa sencilla y salió sin avisar. Su carruaje lo llevó al mercado de esclavos. La decisión hería su orgullo, pero la desesperación era más fuerte. El mercado era una herida abierta. El olor a sudor, polvo y desesperación era insoportable. El sonido de los grilletes lo seguía como una sombra. Un vendedor gordo, con saco sudado, se le acercó.
—Excelencia. Tengo muchachas jóvenes, buenas con niños, fuertes, calladas. —Busco una que calme a una niña de 2 años —respondió Joaquín sin emoción—. Que sepa cantar, que tenga paciencia.
El vendedor sonrió con nerviosismo. —Ah, tengo algo distinto. Es especial. Camila, 24 años. Viene de casa de gente importante en Jalisco. —¿Por qué no la mostró antes? —Es más difícil de tratar. Habla como gente de escuela. A veces cree que es blanca.
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