El shock de la herencia y la venganza en la planificación patrimonial

“Quiero que Peter y Celia sean eliminados por completo del testamento”, dije. “Todo va para Ethan”.

Thomas dejó el bolígrafo con cuidado, como si el movimiento requiriera una ceremonia. “Tu nieto”, dijo.

“Sí”.

Me observó el rostro, evaluándome. “May, necesito preguntar. ¿Es porque se perdieron el funeral?”

“Es porque se perdieron su vida”, dije. Las palabras me resultaron duras, pero eran ciertas. “Es porque pasé tres semanas viendo morir a mi esposo, y él no dejaba de preguntar dónde estaban los niños. Por qué no me habían visitado. Y mentí. Inventé excusas hasta que se me acabaron las mentiras”.

La expresión de Thomas se suavizó, y esa suavidad me hizo un nudo en la garganta.

“En su último día”, continué con voz firme pero débil, “cuando apenas estaba consciente, susurró: ‘Díganles que los quiero’. Ni siquiera pudieron venir a oírlo”.

Thomas guardó silencio un momento, luego asintió una vez, lenta y solemnemente. Tomó su bloc de notas y comenzó a escribir.

Pasamos dos horas reestructurando todo. La casa, las cuentas de inversión, la cabaña, el coche, las antigüedades, el reloj. Thomas sugirió un fideicomiso irrevocable para Ethan, algo que protegería la herencia de la presión, la manipulación y la previsible avidez que surge cuando el dinero está en juego.

 

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