El silencio llegó primero: pesado, sofocante, incorrecto-tramly

En las redes sociales, historias como esta surgen brevemente, se vuelven tendencia con fuerza y ​​luego desaparecen, dejando a los sobrevivientes preguntándose por qué la indignación se desvanece más rápido que el trauma y por qué la sociedad prefiere los momentos virales a los cambios duraderos.

La controversia comienza con la creencia, porque la incredulidad es más económica, fácil y socialmente más segura que confrontar sistemas que fallaron, propiciaron daños y protegieron reputaciones en lugar de niños vulnerables.

Cuando se levanta una bata de hospital sin consentimiento, la violación no es solo física, sino también institucional, cultural y moral, exponiendo cómo el poder silencia a quienes están menos preparados para defenderse.

Muchos lectores se pondrán a la defensiva, cuestionando la memoria, la intención o la exageración, porque admitir el daño obliga a la rendición de cuentas, y la rendición de cuentas amenaza la comodidad, las carreras profesionales y la ilusión de seguridad en la que confiamos.

Por eso el silencio es lo primero, inculcado en nosotros por adultos que no dicen nada, por formularios sin explicaciones, por profesionales que se apresuran y por culturas que confunden la autoridad con la corrección incuestionable.

En línea, los debates se encienden al instante: algunos gritan "¡demuéstralo!", otros exigen justicia, mientras que los algoritmos recompensan silenciosamente la ira, no la empatía, convirtiendo el dolor vivido en contenido optimizado para clics y compartidos.

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