El susurro de una niña de ocho años revela una verdad impactante

Horas antes de su ejecución por inyección letal, un recluso condenado a muerte hizo una última petición. Quería ver a su hija pequeña, a quien no había abrazado en tres largos años.

Lo que ella le susurró desentrañaría una condena de cinco años. Expondría una profunda corrupción que llegaba a las más altas esferas.

Y revelaría un secreto para el que nadie estaba preparado.

La mañana de la ejecución
A las 6:00 a. m., los guardias abrieron la celda de Daniel Foster en la Unidad Huntsville de Texas. Durante cinco años, había insistido repetidamente en su inocencia del asesinato de su esposa.

Las pruebas en su contra parecían completamente irrefutables. Sus huellas dactilares estaban en el arma utilizada.

Se encontró sangre en su ropa. Un vecino declaró haberlo visto cerca del lugar de los hechos.

Sin embargo, algo en Daniel siempre había inquietado al alcaide Robert Mitchell. El hombre no parecía ni actuaba como un asesino, a pesar de lo que demostraban las pruebas.

Con solo unas horas de vida, Daniel pidió una simple cosa. Quería ver a su hija de ocho años, Emily.

Tras una considerable vacilación, el director aprobó la inusual petición.

La visita de una hija
Cuando Emily llegó a la prisión, caminó con calma por los duros pasillos. Estaba silenciosa y sorprendentemente serena para ser tan pequeña en un lugar tan terrible.

En la sala de visitas, Daniel apareció delgado y encadenado, vestido con el color naranja de la prisión. Al ver a Emily, la abrazó con fuerza.

Se abrazaron en completo silencio durante un rato. Entonces ella se acercó y le susurró algo al oído.

Lo que dijera lo cambió todo por completo.

 

 

 

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