Ella alimentó a tres huérfanos con sobras; años después, la ciudad se detuvo cuando tres Rolls-Royce rodearon su humilde puesto.

El sonido de los tres motores llegó antes que los coches. Primero un ronroneo bajo y suave, como si toda la calle contuviera la respiración. Luego, la secuencia imposible. Un Rolls-Royce blanco, uno negro, otro blanco, alineados uno detrás del otro en la acera de piedra, demasiado pulidos para aquel barrio de antiguos edificios de piedra rojiza y árboles desnudos.

Shiomara Reyes, con el delantal marrón manchado de azafrán y aceite, se detuvo con el cucharón en el aire. El vapor del arroz amarillo subió y tocó su rostro como un recuerdo cálido. Parpadeó pensando que era alguna grabación, alguna boda, alguna cosa de gente que no pertenecía allí. Pero los coches se apagaron, las puertas se abrieron con calma y tres personas bajaron vestidas como si la ciudad entera hubiera sido hecha solo para que ellas caminaran en ese momento.

Dos hombres y una mujer, postura recta, zapatos impecables, mirada que no se perdía en los escaparates ni en las ventanas. Miraron primero el carrito de metal con los grandes cuencos, pollo asado, verduras, arroz, tortillas envueltas y luego así. No había prisa en su paso. Había peso, como si cada metro fuera una decisión. Siomara se llevó las manos a la boca sin darse cuenta.

Por un segundo, la calle se volvió un túnel. El ruido lejano de bocinas, el frío que entraba por el cuello de la blusa floreada, el cuchillo olvidado al lado de las bandejas. sintió el corazón latir en la garganta y junto a él una pregunta antigua que ella enterraba cada día para poder trabajar. ¿Qué hice mal? Los tres se detuvieron a pocos pasos.

 

 

 

 

 

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