Ella escondió a su hija en la cocina de la mansión. Lo que el patrón hizo al descubrirlo sorprendió a todos

Pero nada de eso ocurrió.

Adrien se acercó despacio, se agachó junto a Marisol — a pesar de que su caro traje casi tocaba el suelo — y miró a los ojos de la niña. Ella rió y le extendió la manita. En silencio, él le ofreció el dedo. La bebé lo agarró con fuerza. Y entonces, algo que nadie imaginaba: una sonrisa pequeña y tímida apareció en el rostro del hombre que todos consideraban de piedra.

Desde ese momento, algo cambió.

En los días siguientes, Adrien empezó a observar más. Vio cómo Anna trabajaba exhausta, sin descanso, muchas veces sin comer, siempre con la hija cerca. Vio cómo Marisol se iluminaba al escuchar a su madre tararear mientras limpiaba. Y poco a poco, comenzó a acercarse.

Trajo juguetes. Luego, pequeños bocadillos. Y finalmente, él mismo se sentaba en el suelo con la niña, entre una reunión y otra. La mansión, antes silenciosa y fría, empezó a resonar con risas y pequeños pasos.

 

Los empleados susurraban por los pasillos, sin poder creer el cambio. El hombre temido, que nunca mostraba emoción, ahora parecía otro. Pero Anna aún cargaba con la culpa. El miedo de haber cruzado los límites. La vergüenza por su situación. Y la duda constante: ¿hasta cuándo duraría esa bondad?

 

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