Mateo no.
Las semanas siguientes fueron pesadas, pero esclarecedoras. Los procesos legales avanzaron. Mateo enfrentó consecuencias: terapia obligatoria, restitución y supervisión. Lidia desapareció de nuestras vidas por completo.
La casa volvió a quedarse en silencio.
Una tarde, Ricardo y yo nos sentamos en el porche, viendo cómo el sol se escondía detrás de los árboles.
—Sobrevivimos —dijo.
—Sí —respondí—. Y ahora vivimos.
Porque a veces sobrevivir no se trata de huir del peligro.
A veces, se trata de ver la verdad con claridad… y aun así elegir la paz.
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