En casa de mis padres, mi hija de seis años estaba jugando en el patio cuando de repente oí un fuerte golpe. Salí corriendo y me quedé paralizada del horror. Mi hermana casi la había atropellado. Saltó del coche, furiosa, y empezó a arrastrar a mi hija inconsciente fuera de la carretera, gritando: “¡Aléjala de mi coche! ¡Mira lo que ha hecho!”. Corrí a ayudarla, pero antes de que pudiera llegar hasta mi hija, mis padres ya habían corrido a consolarla.

En casa de mis padres, mi hija de seis años estaba jugando en el patio cuando de repente oí un fuerte golpe. Salí corriendo y me quedé paralizada del horror. Mi hermana casi la había atropellado. Saltó del coche, furiosa, y empezó a arrastrar a mi hija inconsciente fuera de la carretera, gritando: “¡Aléjala de mi coche! ¡Mira lo que ha hecho!”. Corrí a ayudarla, pero antes de que pudiera llegar hasta mi hija, mis padres ya habían corrido a consolarla.

En casa de mis padres, aquel domingo parecía tranquilo hasta que todo se rompió. Mi hija de seis años, Lucía, jugaba en el patio delantero con una pelota roja, riéndose mientras yo conversaba en la cocina con mi madre, Carmen. De pronto escuché un golpe seco, metálico, imposible de confundir. El sonido me atravesó el pecho y salí corriendo sin pensar. Al llegar al portón vi la escena que aún me persigue en sueños: el coche de mi hermana Ana estaba detenido en diagonal y Lucía yacía en el suelo, inmóvil.

Ana había bajado del coche fuera de sí. En lugar de llamar a emergencias, gritaba con rabia y arrastraba a mi hija fuera de la carretera, repitiendo: “¡Aléjala de mi coche! ¡Mira lo que ha hecho!”. Mi cuerpo se quedó rígido, como si el aire se hubiera vuelto piedra. Corrí hacia Lucía, pero mis padres llegaron antes, no para ayudar a la niña, sino para rodear a Ana, abrazarla y decirle que se calmara, que no era su culpa.

Yo grité su nombre, supliqué que alguien llamara a una ambulancia. Lucía no respondía, tenía la cara pálida y un hilo de sangre en la ceja. Me arrodillé junto a ella y tomé su mano fría. Mi padre, José, me apartó con un gesto torpe, diciendo que exageraba, que seguramente solo estaba en shock. Ana seguía llorando, hablando de su coche, de lo caro que sería arreglarlo, mientras mi madre le ofrecía agua.

Los vecinos se asomaban, murmuraban, y yo sentía vergüenza y furia mezcladas. Nadie más discutía con Ana, nadie me preguntaba qué necesitaba. El asfalto tenía marcas del frenazo, y ese detalle absurdo me confirmó la gravedad.

Finalmente fui yo quien llamó a emergencias con manos temblorosas. El tiempo se estiró de forma cruel hasta que llegó la ambulancia. Los paramédicos colocaron a Lucía en una camilla y uno de ellos me miró con seriedad. En ese instante entendí que nada volvería a ser igual. Mientras cerraban las puertas del vehículo y la sirena comenzaba a sonar, vi a Ana observando en silencio, y el miedo se transformó en una certeza amarga: mi familia había elegido a quién proteger, y no era a mi hija.

ver continúa en la página siguiente