En casa de mis padres, mi hija de seis años estaba jugando en el patio cuando de repente oí un fuerte golpe. Salí corriendo y me quedé paralizada del horror. Mi hermana casi la había atropellado. Saltó del coche, furiosa, y empezó a arrastrar a mi hija inconsciente fuera de la carretera, gritando: “¡Aléjala de mi coche! ¡Mira lo que ha hecho!”. Corrí a ayudarla, pero antes de que pudiera llegar hasta mi hija, mis padres ya habían corrido a consolarla.
Compartir experiencias reales ayuda a que otros no se sientan solos y a que se rompan silencios dañinos. Hablar, escuchar y apoyar crea comunidades más seguras para nuestros hijos. Que esta historia circule, que encuentre eco y que recuerde, sin estridencias, que la voz de una madre puede cambiar destinos.Durante este camino entendí que muchas personas leen en silencio, cargando culpas ajenas y dudas propias. Escribirlo fue una forma de ordenar el dolor y transformarlo en aprendizaje. No busco juicios ni aplausos, solo conciencia y cuidado compartido en lo cotidiano, desde el primer gesto hasta la decisión difícil.Si este testimonio resuena, dejar que circule es una manera de acompañar a quienes atraviesan situaciones similares. La prevención, el respeto y la reacción adecuada salvan vínculos y vidas. Que la conversación continúe con responsabilidad y apoyo mutuo, porque contar y escuchar también protege.
Al compartir relatos reales se fortalece una cultura de cuidado. Cada lector puede ser un eslabón activo difundiendo mensajes responsables y empáticos. Sin dramatizar, sin señalar, con humanidad. Que esta historia encuentre lectores dispuestos a sostenerla y a sostenerse, construyendo entornos donde los niños siempre sean lo primero. Con respeto y compromiso colectivo.
