En el funeral de mi esposo, le puse una rosa en las manos y descubrí la nota que nunca llegó a darme

Tengo cincuenta y cinco años y estoy aprendiendo a decir una frase que nunca esperé pronunciar tan pronto.

Ya no tengo marido.

Durante la mayor parte de mi vida adulta, la palabra "marido" significaba Greg. Significaba una voz familiar en la habitación de al lado, una presencia firme en el asiento del copiloto, una mano en la espalda al cruzar una calle concurrida. Estuvimos casados ​​treinta y seis años, y nuestro amor no era ostentoso. No era de esos que piden atención ni exigen audiencia. Se forjó a partir de pequeñas rutinas y una lealtad discreta, de recados compartidos y registros susurrados, de la forma en que siempre elegía la silla más cercana al pasillo en los restaurantes, como si pudiera protegerme del mundo simplemente sentándose en el lugar correcto.

Por eso su muerte me resultó imposible de aceptar.

Una llamada telefónica una tarde lluviosa de martes, y todo lo que sabía de mi vida cambió. De repente, estaba en una funeraria, mirando muestras de tela para forrar un ataúd, tomando decisiones que parecían prácticas e irreales a la vez. Recuerdo haber pensado, con una extraña indiferencia, que la mente humana se aferra a cualquier detalle que pueda manejar cuando la verdad mayor es demasiado pesada para contenerla.

Para la mañana del funeral, me sentía vacía. Había llorado hasta que me ardían los ojos y mi rostro me parecía desconocido. El dolor que llega en oleadas había dejado de sentirse como olas. Sentía como si el océano se hubiera metido en mi pecho y hubiera decidido quedarse.

Cuando llegué a la capilla, el velatorio ya había comenzado. Una música suave inundaba la sala. La gente hablaba en voz baja. Amigos y familiares se acercaron con cuidado, tocándome el hombro como si fuera a quebrarme. Todos tenían buenas intenciones, pero apenas podía oírlos. Sus palabras resonaban en la distancia.

Y entonces lo vi.

Greg yacía bajo las luces, quieto y en silencio, con el traje azul marino que le regalé para nuestro último aniversario. Llevaba el pelo peinado como antes de las bodas. Su rostro parecía tranquilo, casi sereno, lo que de alguna manera lo empeoraba todo. Greg nunca estaba quieto en la vida. Siempre tenía movimiento. Arreglando algo en la casa. Tamborileaba con los dedos mientras pensaba. Se aclaraba la garganta antes de hablar, como si se preparara para decir algo importante, aunque solo fuera sobre la lista de la compra.

Esa quietud no le pertenecía.

 

 

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