En el funeral de mi esposo, mi hijo me apretó la mano y me susurró: «Ya no formas parte de esta familia».

Se me revolvió el estómago. Intenté responder, pero no me salieron las palabras.

Sin soltarme, Diego hizo una señal al abogado de Eduardo, el señor Ramírez, que se encontraba a pocos pasos de distancia.

Ramírez abrió su maletín. Sacó un sobre sellado.

—El testamento —dijo Diego en voz alta.