En el momento en que la amante de mi esposo afirmó estar embarazada, mis suegros se unieron en mi contra y me dijeron que me fuera de casa. Respondí con una sola frase tranquila, y vi cómo seis rostros seguros se desmoronaban. Sus disculpas llegaron demasiado tarde.
Se fueron, todos y cada uno de ellos.
Adrian se quedó allí, suplicando respuestas, pero cerré la puerta con cuidado.
Por primera vez en meses, la casa estaba en silencio. En paz.
Me toqué el estómago y susurré: "Vamos a estar bien".
Más tarde, supe la verdad: la amante nunca había estado embarazada. Era mentira. Adrian lo perdió todo: su familia, su dignidad, su matrimonio.
¿Y yo?
Gané algo mucho más valioso.
Libertad.
A veces, lo que parece el fin del mundo… es en realidad el comienzo de tu fuerza.
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