En la boda de mi hermana, mi madrastra anunció de repente que yo le iba a regalar mi auto de nueve millones de pesos. “Está embarazada, necesita ese coche.

Afuera, en la zona de valet, estaba mi Rolls-Royce Phantom negro, importado, personalizado, con escolta privada. No era un capricho heredado. Era el resultado de quince años programando, levantando empresas, durmiendo tres horas y negociando con inversionistas que al principio me hablaban como si fuera asistente y no fundadora.
Patricia, mi madrastra, había llegado a mi vida cuando yo tenía trece años. Trajo con ella a Mariana, su hija, la niña dorada. La que nunca se equivocaba, nunca trabajaba y siempre “merecía lo mejor”. Yo, en cambio, era la rara, la seria, la que no tenía marido ni hijos, pero sí una cuenta bancaria que todos recordaban cuando había deudas.
Mi papá, Arturo, estaba sentado en la mesa principal. Evitaba mirarme.
Patricia tomó el micrófono y siguió hablando.
“Mariana y Diego esperan a su primer bebé. Y qué mejor regalo de bodas que la seguridad de un coche digno para una familia que empieza.”
Los invitados aplaudieron. Mariana se llevó la mano al vientre, aunque apenas tenía unas semanas. Diego, su esposo, sonrió como si acabaran de anunciarle una inversión.
Luego Patricia me miró.

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