En la noche de mi boda, la vieja sirvienta golpeó suavemente la puerta y susurró: “Si quieres seguir viva, cámbiate de ropa inmediatamente y escapa por la puerta trasera, rápido, antes
—Ha hecho esto antes —dijo Armand, con voz grave—. No es solo un marido abusivo; es un asesino calculador. La sirvienta te salvó porque tú eras la siguiente en su lista.
Sentí que el mundo se me venía encima. ¿Cómo podía alguien tan cercano a mí ser capaz de algo tan monstruoso? El recuerdo de su sonrisa fría durante la ceremonia, la forma en que me había mirado mientras todos celebraban… todo encajaba en un patrón que helaba la sangre.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté, con un hilo de voz.
Armand se inclinó hacia mí, con intensidad en los ojos.
—Tenemos que exponerlo. Pero no podemos ir a la policía todavía; él tiene influencias. Primero, debemos reunir pruebas. Y hay alguien que puede ayudarnos.
Antes de que pudiera preguntar quién, escuchamos un ruido afuera: el crujir de las hojas, como si alguien nos estuviera acechando. Armand tomó una linterna y un arma pequeña, y me indicó que me quedara detrás. La tensión era insoportable. El ruido se acercaba. Una sombra se deslizó entre los árboles y, por un instante, pensé que nos habían encontrado.
Pero no era él. Era la sirvienta. Empapada por la lluvia, jadeando, pero con la misma determinación en los ojos.
—Me adelanté para asegurarme de que llegaras aquí —dijo—. Ahora debes escucharme. No solo tu esposo está involucrado. Hay una red, algo mucho más grande que él. Y tú eres la clave para detenerlo.
Sentí cómo mis piernas temblaban. ¿Una red? ¿Qué tipo de horror estaba realmente involucrado en lo que parecía ser un simple matrimonio?
—No podemos quedarnos aquí mucho tiempo —continuó—. Él sabe que escapaste. Esta noche intentará encontrarte. Y no estará solo.
El terror volvió a mi pecho como un puñal, pero también un extraño coraje. Sabía que, si algo había aprendido esta noche, era que no podía depender de nadie más que de mí misma y de aquellos que estaban dispuestos a luchar por mí.
Armand me entregó un dispositivo pequeño, casi como un teléfono, pero con un botón rojo brillante.
—Esto nos dará acceso a lo que necesitamos para exponerlo —dijo—. Pero cada segundo cuenta. Debes confiar en mí.
Asentí, apretando el dispositivo contra mi pecho. La adrenalina me recorría como un río ardiente. Cada sombra parecía un enemigo, cada sonido un presagio de peligro, pero no podía permitir que el miedo me paralizara.
De repente, escuchamos un rugido distante: un motor, uno que reconocí al instante. Mi esposo no se había dado por vencido. Estaba viniendo por mí, y esta vez, no estaría sola. La red estaba a punto de desmoronarse.
Armand se inclinó hacia mí y susurró:
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