En mi cumpleaños número setenta, mi esposo anunció que se iba. Nunca imaginé que alguien aplaudiría. Y mucho menos que serían mis propias hijas.

—Su madre biológica era mi prima, Patricia. Tenía problemas serios de adicciones. Cuando el Estado intervino, ustedes pasaron por tres casas de acogida en menos de dos años. Cuando me enteré, fui a juicio. Nadie me obligó. Yo elegí hacerlo.

—¿Por qué nunca nos dijiste? —preguntó Lucía, con lágrimas contenidas.

—Porque tu padre me suplicó que no lo hiciera —respondí—. Dijo que me perderían como madre. Y yo le creí.

Alberto intentó hablar.

—Basta —lo corté—. Ya no puedes editar mi vida.

Miré a mis hijas.

—Te vi aprender a andar en bicicleta. Pagué terapias. Me senté junto a sus camas cuando tenían pesadillas. Y aun así permití que me llamaran exagerada, controladora… porque pensaba que seguían siendo esas niñas asustadas frente al juzgado.

Me incliné hacia adelante.

—Pero ya son adultas. Y eligieron.

Me levanté.

—La fiesta terminó.

Salí del restaurante sola. Pasé junto al pastel, los globos, la mujer joven que ya no parecía tan segura. Afuera, el aire frío de la noche me devolvió la respiración.

No lloré.

A la mañana siguiente, fui con un abogado. Abrí cuentas nuevas. Cambié contraseñas. Actualicé mi testamento.

—¿Quiere ser amable? —me preguntó el abogado.

—He sido amable setenta años —respondí—. Ahora quiero ser precisa.

Alberto llamó sin parar. Luego rogó. Luego negoció.

Lucía y Renata enviaron mensajes, audios, disculpas mezcladas con miedo.

Una semana después acepté verlas.

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