En mi graduación, mi padre anunció que me interrumpía. «De todas formas, no eres mi verdadera hija». La sala se quedó atónita. Sonreí, caminé hacia el podio y dije: «Ya que compartimos secretos de ADN». Saqué un sobre. Su esposa palideció al revelarle…

En ese momento, algo cambió dentro de mí. Cuatro años de independencia me habían enseñado mi propia fuerza. Cuatro años de forjar relaciones con personas que realmente me apoyaron me habían mostrado cómo debería ser una verdadera familia. Y cuatro años de estudiar justicia me habían convencido de que algunas verdades debían ser dichas.

El secreto que había guardado desde la secundaria, el documento que descubrí en la oficina de mi padre...

 

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