En Navidad, mi nuera me regaló un delantal de 5 dólares y me dijo: «Lo necesitarás para servirnos la cena del domingo». Todos rieron. Me tragué las lágrimas, me puse de pie... y les entregué una caja gigante que les borró la sonrisa en tres segundos.

Me temblaban las manos al sostener aquella caja envuelta en papel brillante. Era Navidad. La sala estaba llena de familiares. Las luces del árbol parpadeaban sobre nuestras cabezas. Y yo acababa de recibir el peor regalo de mi vida. Victoria, mi nuera, me había regalado un delantal de cocina delante de todos.

Era un delantal barato, de esos que venden en tiendas de todo a un dólar o en rebajas por cinco dólares. La tela era áspera, de un gris sucio con volantes ridículos en los bordes. Todos me miraban fijamente. Algunos sonreían incómodos. Otros apartaban la mirada. Y entonces mi hijo Jason, mi único hijo, el niño que crié solo tras la muerte de su padre, se echó a reír.

No era una risa nerviosa. Era una carcajada abierta, clara y cruel.

"Perfecto, mamá", dijo, secándose una lágrima de risa. "Lo vas a necesitar para servirnos la cena del domingo".

Victoria aplaudió como si Jason hubiera dicho algo ingenioso. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Sentí que el aire se volvía denso, irrespirable. Tragué las lágrimas con tanta fuerza que me dolió la garganta. Me puse de pie en silencio. Nadie esperaba lo que estaba a punto de hacer. Caminé hacia el árbol con las piernas temblorosas, recogí la gran caja que había dejado allí antes y la puse delante de ellos. Mi voz salió firme, aunque por dentro me desmoronaba.

"Ahora abre mi regalo".

Victoria arrancó el papel con esa sonrisa falsa que siempre lucía. Jason la ayudó a abrir la caja. Y cuando vieron lo que había dentro, cuando entendieron lo que significaba, sus rostros se transformaron.

Pero para entender cómo llegamos aquí, necesito contarles toda la historia.

Todo comenzó hace tres años, cuando enterré a mi esposo. Arthur había sido el amor de mi vida durante cuarenta años. Trabajó como mecánico hasta su último día, siempre con las manos manchadas de grasa, siempre con esa sonrisa cansada, pero lleno de amor. Nos dejó una casa pequeña pero pagada en un barrio humilde pero decente de las afueras. Esa casa era todo lo que teníamos. Fue el fruto de cuarenta años de sacrificio, de noches sin dormir, de comidas escasas para que Jason pudiera ir a la universidad.

Trabajé limpiando oficinas durante veinte años para ayudar con las facturas. Tenía las rodillas destrozadas. Mi espalda nunca volvió a ser la misma, pero valió la pena. Jason se hizo contador, consiguió un buen trabajo y pensé que por fin podríamos descansar. Pensé que los sacrificios habían terminado.

Qué equivocada estaba.

 

 

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