El viento cortante de marzo atravesaba como una cuchilla el aparcamiento de larga estancia del Aeropuerto Pearson de Toronto.
No era un frío dramático, de esos que se anuncian con tormentas de nieve o ventiscas. Este era más silencioso. Más intenso. De esos que se te meten bajo el abrigo y te calan los huesos sin pedir permiso.
Me subí el cuello de la camisa y caminé entre las filas de coches, todavía empañado por el vuelo nocturno, pero alerta de esa extraña forma en que el cansancio a veces agudiza los sentidos.
No le había dicho a mi hijo que iba a venir.
Michael cumplía treinta y seis años y quería darle una sorpresa. Un desayuno. Un apretón de manos que se convirtió en un abrazo. Un recordatorio de que incluso los hombres adultos con hijos siguen siendo hijos de alguien.
Recorrí las filas con la mirada, buscando su coche.
Fue entonces cuando me quedé paralizada.
No fue el coche en sí lo que me detuvo. Fueron las ventanillas.
Un Honda Civic estaba estacionado al fondo del aparcamiento, encajado junto a un separador de hormigón, como si no quisiera ser visto. Las ventanas estaban empañadas por dentro, densas por la condensación.
Cualquiera que haya vivido un invierno canadiense sabe lo que eso significa.
Cadáveres.
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