Noah Carter se detuvo al pie de los amplios escalones de piedra que conducían al Silver Harbor Resort e intentó decidir si la opresión en el pecho provenía del viaje o del simple hecho de quedarse quieto.
A sus espaldas, el aparcamiento brillaba bajo el sol del atardecer. El calor ondulaba sobre el asfalto, y el aire salado que llegaba del océano traía un ligero aroma a algas y protector solar, como un recordatorio de que este lugar vendía relajación como otros negocios vendían café. De esos que pagas una vez y esperas volver a saborear mucho después de irte.
Apretó el asa de su maleta. Las ruedas estaban ligeramente desniveladas, y cada pocas vueltas una de ellas resonaba como una pequeña queja. Había pensado cambiarla hacía meses. La lista de cosas que quería hacer siempre era larga, y crecía sin parar.
Tres horas en el coche, sin parar, salvo una parada rápida para repostar y una botella de agua que apenas había probado. Aún sentía la forma del volante contra las palmas de las manos, y le dolían los hombros con esa peculiaridad que le producían tras días encorvado sobre un escritorio, mirando números, resolviendo problemas antes de que se convirtieran en desastres. Siempre había problemas. Siempre había cosas que resolver.
Se suponía que este viaje sería diferente.
Unos días junto al agua. Mañanas tranquilas. Una cama que no le pertenecía, sábanas que olían a detergente y a sol. Se había dicho a sí mismo que eso reajustaría algo en su interior, una pequeña reparación en partes de él que llevaban demasiado tiempo sin mantenimiento.
Y entonces, el sábado, llegaría su hijo.
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