Estaba abrazando la tumba de mi hija cuando escuché un susurro: “Papá… ya están hablando de tu funeral”.

El frío de la piedra bajo mis rodillas era lo único que me mantenía atado a la realidad, aunque, siendo honesto, la realidad ya no era un lugar donde quisiera seguir existiendo. El Panteón Jardín, al sur de la Ciudad de México, con sus largas hileras de cipreses y mausoleos antiguos, estaba envuelto en un silencio pesado, roto únicamente por el sonido áspero de mi respiración quebrada. Me llamo Joaquín Herrera Montoya, y hasta hace apenas dos meses, estaba convencido de ser el hombre más afortunado del país. Tenía un consorcio empresarial sólido, respeto, poder… y sobre todo, tenía a Isabel, mi niña de ocho años, la luz de mis ojos, la razón por la que mi corazón seguía latiendo desde que su madre biológica falleció años atrás. Pero ahora, frente a aquella lápida de mármol gris con letras doradas que decían “Isabel Herrera – Descansa en Paz”, sentía que me habían arrancado el alma del cuerpo sin anestesia.

 

 

 

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