Estaba abrazando la tumba de mi hija cuando escuché un susurro: “Papá… ya están hablando de tu funeral”.

Habían pasado dos meses. Sesenta días de infierno desde aquella llamada que ningún padre debería recibir jamás. Isabel había ido a pasar el fin de semana a nuestra casa de descanso en Valle de Bravo, acompañada de Estela, mi segunda esposa, la mujer que llegó a nuestras vidas prometiendo sanar heridas y que siempre trató a mi hija con una dulzura tan perfecta que hoy, mirando atrás, me resultaba inquietante. Estela había bajado al pueblo a hacer unos trámites y, durante ese lapso, un incendio voraz, inexplicable y cruel, devoró la casa. Los bomberos solo encontraron restos irreconocibles y algunas pertenencias de mi niña. No hubo cuerpo que velar, solo cenizas y una verdad insoportable: no pude protegerla.

Acepté su muerte. Me hundí en la culpa. Sobreviví gracias al consuelo casi maternal de Estela, que lloraba con una culpa que parecía consumirla, y al apoyo constante de Marcos, mi hermano menor y socio en la empresa.
—Yo me encargo de todo, Joaquín. Tú solo mantente en pie. No estás solo, hermano —me repetía cada día mientras tomaba el control de mis negocios.
Y yo, ciego por el dolor, se lo entregué todo.

Aquella tarde de noviembre, el viento frío me cortaba el rostro. Pasé los dedos por la inscripción helada de la tumba.
—Hija mía… ¿cómo voy a descansar yo si tú no estás? —susurré, mientras las lágrimas calientes caían por mis mejillas y se perdían en el cuello de mi camisa.
Saqué del bolsillo una pequeña pulsera de plata, regalo de su último cumpleaños, y la apreté contra mi pecho como si fuera un amuleto, como si así pudiera sentir una vez más el calor de su mano.
—Prometiste que nunca me dejarías, Isabel… y ahora no sé ni cómo respirar sin ti.

Mi mente era un torbellino de “¿y si…?”. ¿Y si hubiera ido con ellas? ¿Y si hubiera llegado antes? La culpa es un ácido que corroe despacio, y yo ya estaba consumido. Levanté la vista hacia el cielo gris de la Ciudad de México, buscando una señal, una respuesta, algo que me dijera que mi hija estaba bien. Y fue entonces, justo en ese instante de absoluta desesperación, cuando lo imposible tomó forma.

A unos metros de mí, detrás del tronco grueso de un viejo árbol, algo se movió. Al principio pensé que mi mente me estaba traicionando, que era una alucinación provocada por el insomnio y los sedantes que Estela me preparaba cada noche. Pero no. Allí estaba. Una figura pequeña, delgada, con el cabello enredado y los ojos enormes, llenos de lágrimas, clavados en mí.

Me quedé paralizado. El tiempo se detuvo. El corazón me golpeaba el pecho con tanta fuerza que pensé que caería muerto ahí mismo. Era ella. Era Isabel. Pero no podía ser. Yo había llorado su muerte.

 

 

 

 

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