Estaba abrazando la tumba de mi hija cuando escuché un susurro: “Papá… ya están hablando de tu funeral”.
La niña dio un paso hacia mí y enseguida retrocedió, conteniendo un sollozo. Vi un terror profundo en su mirada, un miedo que no era el de una niña al ver a su padre, sino el de alguien que teme ser atrapada. Quería correr, quería gritar, pero se mordía los labios hasta hacerse daño. Desde donde estaba, Isabel escuchaba mi voz rota hablándole a una tumba, prometiéndole seguir adelante aunque estuviera muerto por dentro. Y yo, Joaquín Herrera, el hombre que dirigía corporativos con mano firme, no podía mover un solo músculo.
Finalmente, el instinto venció al miedo. Me levanté tambaleándome, y al notar que no apartaba la mirada, ella no resistió más.
—¡Papá! —susurró, una palabra que rompió el silencio del panteón como un trueno…
Corrí. No sé de dónde saqué fuerzas, pero corrí hacia ella y caí de rodillas para recibirla entre mis brazos. El impacto de su cuerpo pequeño, frágil y tembloroso contra el mío fue la prueba de que no estaba loco. Era real. Olía a tierra, a monte, a miedo… pero era mi hija. Lloramos abrazados, un llanto que mezclaba el dolor de los meses perdidos con la incredulidad de un milagro.
—Estás viva… Dios mío, estás viva… —repetía mientras besaba su cabeza y tocaba su rostro para asegurarme de que no desaparecería.
Pero el alivio duró poco. Isabel se separó apenas, me miró con una seriedad que me heló la sangre y me tapó la boca con su mano sucia.
—Papá, escúchame —dijo con una urgencia aterradora—. Yo no morí en el incendio porque nunca estuve sola. Todo fue planeado. Estela… y el tío Marcos… ellos lo hicieron
El mundo volvió a detenerse. Un zumbido me llenó los oídos. ¿Mi esposa? ¿Mi propio hermano?
—¿Qué dices, hija? —pregunté con la garganta cerrada—. Eso no puede ser… ellos están destrozados.
—¡No, papá! —me sujetó del abrigo—. ¡Los escuché! Me tenían encerrada en una cabaña cerca de aquí. Me escapé anoche por la ventana mientras pensaban que dormía. Los oí hablando… riéndose de ti. Dijeron que ya pasaron dos meses y nadie sospecha nada. Se burlaban de cómo llorabas…
Cada palabra era una puñalada. Pero lo que dijo después me transformó para siempre.
—Y no es todo. Estela te está envenenando. Esos tés, esas medicinas que te da por la noche… te están matando poco a poco. Quieren que parezca una muerte natural, un infarto por pena… para quedarse con todo. Tú eres el siguiente.
Retrocedí, sintiendo cómo la realidad se rompía. Las imágenes de Estela ofreciéndome “algo para los nervios” y de Marcos diciéndome “descansa, hermano”, cobraron un sentido monstruoso. No era amor. Era una ejecución lenta. La rabia comenzó a reemplazar el dolor, un fuego oscuro ardió en mi pecho.
—Van a pagar —gruñí con una voz que no reconocí—. Te lo juro, Isabel, van a pagar cada lágrima.
La abracé con fuerza, pero ella me detuvo.
—Papá, si vamos a la policía ahora o regresamos a casa, nos matarán. Son peligrosos. Tienen gente.
Tenía razón. Yo estaba débil, y ellos controlaban todo. Teníamos que ser más inteligentes. Ahí, entre las tumbas, tomé la decisión más dura de mi vida.
—Vamos a hacerles creer que ganaron —le dije—. Yo voy a morir… o eso van a pensar.
La escondí en el antiguo departamento del cuidador del panteón, un hombre leal a mi familia desde hace décadas. Luego regresé a la mansión.
Esa noche, entrar a mi casa fue como entrar a la guarida del enemigo. Estela me recibió impecable, con su sonrisa falsa.
—Joaquín, tardaste mucho. Te preparé tu té —dijo, extendiéndome la taza.
La miré. Esa taza era mi sentencia.
—Gracias, amor —respondí.
Desde esa noche comencé mi actuación. Fingí empeorar, escuché conversaciones, reuní pruebas. Oí a Marcos decir:
—Súbele la dosis, ya casi cae.
Y a Estela responder riéndose:
—En días será nuestro todo.
El día final, simulé un colapso. En el hospital, con ayuda de un médico de confianza, fingimos mi muerte.
La noticia sacudió al país:
“Muere Joaquín Herrera, el empresario consumido por la tragedia”.
Vi mi propio funeral desde lejos. Estela llorando sobre un ataúd vacío. Marcos recibiendo condolencias.
Días después, durante la toma de control de la empresa, entré a la sala de juntas tomado de la mano de Isabel. Viva.
El silencio fue absoluto.
—¿Muerto? —dije—. No. Solo estaba esperando.
Las grabaciones salieron a la luz. La policía entró. Estela y Marcos fueron esposados.
—Solo queríamos el dinero… —lloró Marcos.
—Y eso es lo único que tendrás… en la cárcel —respondí.
Esa noche, la casa volvió a ser un hogar.
ver continúa en la página siguiente
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
