Feliz cumpleaños, te vas al asilo», dijo. Callé. No sabía que yo era el dueño del lugar.
Aquí no estorbarás, viejo inútil.
Marcela lo dijo con una sonrisa fría mientras me entregaba las llaves del auto de vuelta.
Callé.
No dije nada.
Cumplí 80 años un sábado. Desde que mi esposa murió hace cinco años, cargaba un peso constante en el pecho: una mezcla de duelo y soledad.
Aun así, aquel día conservaba una pequeña esperanza.
Mi única hija, Marcela, me había prometido llevarme a desayunar a mi lugar favorito. Me puse el saco gris, acomodé la camisa, me puse un poco de loción, como si pudiera engañar al tiempo… y, por costumbre, toqué el bolsillo interno. Ahí guardaba algo que ella no sabía que existía.
El auto arrancó. Marcela conducía en silencio, mirando al frente. Por la ventana vi pasar la ciudad: primero el restaurante donde siempre pedía chilaquiles verdes, que quedó atrás. Luego el segundo lugar que ella había mencionado, y después el tercero. Con cada giro del volante, presionaba más fuerte la mano contra el bolsillo del saco.
Entonces lo entendí. No íbamos a desayunar. Íbamos a deshacernos de mí.
El trayecto duró unos veinte minutos. Reconocí la zona: Zapopan, al norte de Guadalajara, un camino que conocía bien porque décadas atrás había construido algo importante allí. Algo que ella nunca valoró, algo que ahora me recibiría como si fuera un extraño.
Marcela se detuvo frente a un portón de hierro blanco con un letrero dorado: Villa Serena.
Mi corazón dio un salto, no por miedo, sino por ironía. Conocía ese nombre mejor que nadie en el mundo. Solo que mi hija no lo sabía.
Ella bajó del auto y abrió la cajuela. Sacó dos maletas que yo no había empacado. Las había preparado sin decirme nada, sin preguntarme. Las dejó en la banqueta de concreto con un golpe seco y me miró. Sus ojos no tenían tristeza, solo impaciencia.
—Papá, ya hablé con el director. Todo está arreglado. Te van a cuidar bien aquí.
Lo dijo como quien cierra un negocio, como si yo fuera un trámite pendiente. Asentí, sin decir nada. Mis manos temblaron un segundo, luego las metí en los bolsillos del pantalón.
Marcela se acercó y me dio un abrazo rápido, frío, sin fuerza.
—Feliz cumpleaños, papá. Aquí no estorbarás. Ya estás muy viejo y nos quitas espacio en la casa.
Lo dijo bajito, casi en un susurro, pero lo dijo. Sentí que algo se aclaraba dentro de mí. Durante ochenta años había trabajado para construir un futuro para ella. Levanté un negocio desde cero. Puse mi nombre en edificios, en propiedades, en asilos como este. Y ahora mi propia hija me dejaba en uno de ellos sin saber que yo era el dueño.
Bajé la cabeza y tomé las maletas, una en cada mano. Eran pesadas, pero no tanto como el silencio que nos separaba.
—El director te espera adentro. Adiós, papá.
Marcela subió al auto, cerró la puerta y arrancó. No volteó. La vi alejarse por la calle hasta que desapareció en la esquina.
Me quedé parado frente al portón de Villa Serena. El sol de la tarde me daba en la cara. Hacía calor, pero yo sentía frío, un frío que venía de muy adentro. Empujé el portón, se abrió con un chirrido suave, y entré despacio.
La banqueta daba paso a un camino de piedra que llevaba a la entrada principal del asilo. A ambos lados había pequeños jardines con flores moradas: bugambilias, las mismas que mi esposa adoraba plantar. Sentí un nudo en el pecho, pero seguí avanzando.
En la pared junto a la entrada había una placa de bronce:
“Villa Serena — fundado en 1994 — Grupo Inmobiliario Salazar”
Sonreí sin querer. Salazar. Mi apellido. Mi legado.
Toqué el timbre. Una enfermera joven abrió la puerta, amable.
—Buenas tardes. ¿Usted es el señor Salazar?
—Sí. Esteban Salazar.
Me condujo a la recepción. Detrás del mostrador, el director, un hombre de unos cincuenta años, con bigote fino y mirada impaciente, me observaba como a otro “viejo más” que acababan de dejar….

—Aquí hay reglas. Nada de quejas. ¿Entendido?
—Entendido.
Me empujó un formulario y un bolígrafo. Lo llené en silencio:
Nombre: Esteban Salazar Mendoza
Edad: 80 años
Contacto de emergencia: ninguno
Marcela ya no contaba.
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