Firmó los papeles del divorcio en silencio. Nadie sabía que su padre multimillonario la observaba desde el fondo de la habitación.
—Dejó de ser privado en el momento en que decidiste humillarla —replicó.
Brittany intentó hablar, con voz temblorosa.
—No sabíamos nada de esto —dijo rápidamente.
—Exacto, no lo sabían —dijo Gregory, mirándola brevemente.
Logan tragó saliva con dificultad, dándose cuenta de que el cambio de poder ya no estaba a su favor.
—Si se trata de dinero, podemos renegociar los términos —ofreció.
Gregory soltó una risa silenciosa, sin rastro de diversión.
—Dinero —repitió.
Sacó su teléfono y llamó sin dudarlo.
—Cancela inmediatamente todas las reuniones con su empresa y retira todo el apoyo financiero —ordenó con calma.
Logan se levantó bruscamente, presa del pánico.
—No puedes hacer eso —exclamó en voz alta.
—¿Que si no? —respondió Gregory.
—Mi empresa está a punto de salir a bolsa —insistió Logan.
—Lo sé —dijo Gregory—. También sé que la mayoría de tus inversores están conectados a través de mi red.
Siguió el silencio.
Logan se dio cuenta de la gravedad de la situación.
Todo lo que había construido comenzaba a derrumbarse en tiempo real.
—¿Destruirías mi empresa por esto? —preguntó incrédulo.
Gregory lo miró fijamente.
—No, tú mismo lo provocaste —dijo.
Volvió a colocar los papeles sobre la mesa.
—Simplemente te retiro el apoyo que nunca te mereciste —añadió.
La voz de Brittany tembló al volverse hacia Logan.
—¿Qué significa eso para nosotros? —preguntó.
Logan no respondió porque ya comprendía las consecuencias.
Sin inversores no había financiación, y sin financiación no había oferta pública.
Se acabó.
Scarlett exhaló suavemente, sintiendo una calma inesperada.
—Papá —dijo en voz baja.
La expresión de Gregory se suavizó al mirarla.
—Lo siento, sé que querías encargarte de esto sola —dijo.
Ella negó con la cabeza suavemente.
—Tenías razón —respondió.
Miró a Logan por última vez, y ya no había ira ni tristeza en su mirada.
Solo claridad.
—Nunca quise tu dinero —dijo.
Tomó la tarjeta y la deslizó de vuelta sobre la mesa hacia él.
—Y nunca necesité tu lástima —añadió ella.
Gregory la rodeó con un brazo.
—Vámonos —dijo.
Salieron juntos de la habitación, dejando tras de sí un silencio más denso que cualquier otra cosa que hubieran dicho.
En la puerta, Gregory se detuvo un instante y se giró.
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