Esa mañana, Madrid se sentía más pesado de lo habitual.
El cielo estaba nublado, la luz era opaca y monótona, pero dentro de casa todo parecía exactamente igual que siempre. Tranquilo. Pulido. Perfecto en la superficie.
Me llamo Sofía, y estaba de pie frente al gran espejo del dormitorio, alisando la corbata de mi marido Ricardo con la facilidad que da la práctica. El reflejo que me devolvía la mirada mostraba a una mujer que creía haber construido una vida estable. Una mujer que creía que su matrimonio era sólido. Una mujer que no tenía ni idea de lo frágil que era realmente su realidad.
Nuestra casa en La Moraleja había sido mi santuario durante cinco años. Habitaciones espaciosas. Mañanas tranquilas. La cómoda ilusión de seguridad.
"¿Seguro que no quieres que te prepare algo para el viaje?", pregunté, alisándole la pechera de la chaqueta. "Valencia es un viaje largo".
Ricardo sonrió de esa forma tan familiar, la que me había tranquilizado innumerables veces. Me besó en la frente, demorándose lo justo para parecer sincero.
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