—Compré la casa —dije por fin—. Y no, Daniel, no es para ti.
Laura bajó la mirada. Daniel intentó hablar, pero no le salió la voz. Durante unos instantes, los únicos sonidos fueron el de la fuente del jardín y el tráfico lejano.
—Te equivocaste al pensar que no tenía a dónde ir —continué—. Y te equivocaste aún más al creer que podías hablarme así y seguir considerándonos familia.
