HIJO DEL MILLONARIO VIVÍA ESCONDIDO… HASTA QUE LA EMPLEADA DE LIMPIEZA…
estaba en su cuartito del fondo, sentada en la cama angosta mirando una cajita de madera que mantenía escondida al fondo del armario, donde guardaba documentos amarillentos y un gafete viejo con su nombre completo y una profesión que oficialmente ya no podía ejercer. Ana Luisa Ferreira, farmacéutica responsable. Eso dolía como cicatriz abierta.
Cerró los ojos, respiró hondo y recordó todo lo que había perdido por culpa de una trampa, de lo fácil que fue para todos señalarla solo porque era la parte más débil de la historia. Tal vez por eso, en ese mismo instante, decidió que no iba a dejar que otro inocente pagara el precio de la maldad de gente rica, aunque para eso tuviera que enfrentar otra vez a los fantasmas que tanto intentó olvidar.
Cuando el reloj de la sala marcó medianoche, la mansión estaba casi completamente a oscuras, pero Ana seguía despierta, con el corazón inquieto y la sensación de que si esperaba un día más, algo irreversible podría pasar. Subió las escaleras en silencio, pasos ligeros, sabiendo exactamente donde las cámaras no alcanzaban, porque con los años había aprendido a moverse como quien no existe.
Se detuvo en la puerta del cuarto del bebé, escuchó la respiración débil de Teo y entró despacio, acercándose a la mesita donde quedaban listos los biberones de la madrugada. Ahí, entre frascos de leche, había un pequeño vidrio transparente con una etiqueta casi arrancada, casi ilegible, pero suficiente para que ella descifrara el tipo de sustancia que ya había visto demasiadas veces en su otra vida.
Su cuerpo se enfrió de pies a cabeza. Una mezcla de horror y claridad. No era medicina para curar, era medicina para mantener enfermo. Con manos firmes tomó el frasco, lo olió ligeramente, confirmó la sospecha y en ese segundo tomó una decisión que lo cambiaría todo. Si Elena quería un bebé indefenso, no lo tendría.
“Contigo no van a hacer lo que hicieron conmigo”, susurró a Teo, que dormía mal, antes de empezar a armar dentro de su propia cabeza un plan que mezclaba conocimiento científico, valentía y una buena dosis de locura. Porque de ahí en adelante cualquier paso en falso podría costarle no solo el trabajo, sino la libertad. Y lo peor de todo es que todavía no tenía idea de hasta dónde estaba dispuesta a llegar la patrona para destruir a quien se metiera en su camino.
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