Me acerqué y volví a tenderle la mano.
"Abuela", dije. "¿Me concedes este baile?".
Por un momento, no se movió.
Luego asintió.
Puso su mano en la mía.
Por un momento, no se movió.
Al principio, sólo una persona aplaudió. Luego otra. Y, de repente, el sonido recorrió la sala como una ola. Las risas desaparecieron. Sólo quedaban aplausos.
La abuela se tapó la boca con la mano libre, las lágrimas resbalaban silenciosamente por sus mejillas.
Bailamos bajo las cuerdas de luces, mientras toda la sala nos observaba, no con burla, sino con respeto.
Las risas habían desaparecido.
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