Estábamos juntos en la sala de salidas del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, Terminal 1. Mi esposo Alejandro me abrazó con fuerza en lo que debió haber sido una despedida desgarradora.
"Shh... está bien, cariño", murmuró, pasando sus dedos suavemente por mi cabello. "Solo son dos años en Toronto. Tengo que aceptar esta oferta".
"Es por nuestro futuro. Podremos ahorrar mucho dinero".
Interpretando el papel a la perfección.
Hundí la cara en su pecho, mis hombros temblaban con lo que parecían ser sollozos incontrolables. Las lágrimas corrían por mi rostro mientras otros viajeros nos miraban con compasión.
"Te voy a extrañar mucho, Alejandro. Por favor, ten cuidado", logré decir entre sollozos. "Llámame todo el tiempo...".
"Lo prometo", dijo suavemente, dándome un beso en la frente. "Tú te encargas de todo aquí. Te quiero, Sofía".
Lo observé mientras caminaba hacia el control de inmigración con su equipaje. Justo antes de desaparecer por las puertas, se giró y me saludó por última vez.
Le devolví el saludo, con las lágrimas aún nublando mi visión en una convincente muestra de dolor.
Pero en cuanto desapareció de mi vista, algo cambió.
La verdad emerge
El llanto cesó al instante. Me sequé las mejillas lentamente con manos firmes.
La tristeza desapareció de mi expresión, reemplazada por algo completamente diferente. Algo distante, controlado y gélido.
Salí de aquel aeropuerto con paso firme y la cabeza bien alta.
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