La mañana que lo cambió todo en una tranquila lavandería

Cuando la mujer se fue, solo estábamos Willow, yo y las hileras de máquinas de hilar. Cargué la lavadora —monos, toallas, mis uniformes, incluso la mantita de Willow— y metí mis últimas monedas. Willow se inquietaba suavemente, así que la abracé y la envolví en la única manta a mi alcance, una que esperaba ser lavada. Se acomodó rápidamente, con la cabeza bajo mi barbilla.

Me senté en una silla de plástico duro. El rítmico movimiento de la lavadora me tranquilizó. Me dije a mí misma que solo descansaría la vista un momento.

Entonces el mundo se oscureció.

La luz del sol se reflejaba en el suelo cuando volví a abrir los ojos.

Mi corazón dio un vuelco de pánico. Primero revisé a Willow: a salvo, aún dormida, cálida contra mí. El alivio me invadió, pero la confusión la siguió rápidamente. ¿Cuánto tiempo había estado durmiendo? ¿Por qué la lavandería estaba tan silenciosa?

Entonces vi la mesa plegable a mi lado.

Mi ropa —el mismo montón de ropa que había metido en la lavadora— ahora estaba apilada ordenadamente. Mis uniformes estaban perfectamente doblados. La ropa de Willow ordenada por talla. Las toallas dobladas en rectángulos lisos.

Alguien lo había hecho todo mientras dormía.

Miré a mi alrededor. No había nadie.

Confundida, me levanté y caminé hacia la lavadora que había usado. La máquina estaba cerrada, y a través de la puerta de cristal vi algo inesperado: cosas que sabía que no había metido.

El tambor estaba lleno de artículos para Willow: pañales, toallitas, dos latas de leche de fórmula, una manta de lana y un pequeño elefante de peluche, nuevo. Encima había una nota doblada.

Me temblaban las manos al abrir la puerta de la lavadora y cogerla.

"Para ti y tu hijita. — J."

Solo eso. Sin explicación. Sin petición. Solo amabilidad.

Me quedé allí un buen rato, asimilando la realidad. Un desconocido —alguien que había notado mi mirada cansada, mi uniforme desgastado, la forma en que abrazaba a Willow— me había ayudado en silencio sin esperar nada a cambio.

Cuando llevé todo a casa, mi madre se quedó sin aliento al verlo.

“Todavía hay gente buena en este mundo”, susurró, tocando la nota como si fuera algo frágil.

La puse en la nevera con un imán de girasol. Se quedó allí, recordándome cada día que no estábamos solos.

Una semana después, tras otro largo turno, llegué a casa y encontré una cesta de mimbre en la puerta. Dentro había comida, papilla, avena, plátanos, pasta: cosas sencillas que hacen la vida más fácil. Una segunda nota encima:

“Lo estás haciendo genial. Sigue adelante. — J.”

 

 

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