La niña de 9 años robó una cartera para comprar medicinas para su mamá, pero al abrirla se dieron a conocer poco a poco historias desgarradoras

El tenedor cayó sobre el plato. Su sonrisa desapareció y su mirada se perdió, como si estuviera viendo una herida vieja.

—Tu papá… no está con nosotras, mi amor.
—¿Está muerto?
—No. Está vivo. En algún lugar. Pero no sabe de ti.
—¿Por qué?

Los ojos de mamá se llenaron de lágrimas. Se levantó y me abrazó con fuerza.

—Hay cosas muy difíciles de explicar. Pero escucha esto: te quise desde el primer segundo. Te elegí. Eres lo mejor que me pasó en la vida. No necesitamos a nadie más.

Nunca volví a preguntar. Pero muchas noches la veía sentada junto a la ventana, mirando las luces de la ciudad con la mano en el pecho, como si le doliera el corazón. Había un secreto, uno muy grande, y ella lo cargaba sola para protegerme.

Todo siguió bien hasta que cumplí ocho años. Ahí empezó la pesadilla.

Al principio eran cosas pequeñas. Mamá se cansaba rápido. Se quejaba al agacharse. Su piel, antes morena y viva, se volvió pálida y amarillenta.

—¿Estás bien, mamá?
—Sí, mi vida, solo es cansancio.

Pero yo sabía que no. Comía cada vez menos. Se quedaba sin aire. Hasta que un día me llamaron de la escuela: mi mamá se había desmayado en el mercado.

En el Hospital General de México, la vi conectada a tubos, tan frágil que me dolía verla. El doctor, el Dr. Hernández, me habló como si yo fuera adulta.

—Tu mamá tiene una enfermedad grave en el hígado. Está fallando. Necesita tratamiento inmediato y probablemente una cirugía.

—¿Cuánto cuesta? —pregunté temblando.

—El tratamiento inicial cuesta varios miles de pesos. Y la cirugía puede superar los 400 mil pesos.

Sentí que el corazón se me rompía. Nosotras apenas teníamos unos cuantos miles guardados en una lata bajo la cama.

Esa noche dormí junto a ella.

—Mamá, te voy a salvar.
—No tienes que cargar con eso, hija.
—Sí tengo. Soy grande. Puedo trabajar.

Cuando nos dieron de alta con solo medicamentos para el dolor, supe que mi infancia había terminado. Dejé la escuela. Mamá lloró, me rogó, pero yo no cedí.

Cada mañana salía con una canasta vendiendo chicles, dulces y pañuelos en el Centro Histórico, en el Metro Hidalgo, en el Zócalo.

—¡Chicles, dulces, pañuelos! ¡A diez pesos!

La gente me ignoraba. Algunos me miraban con lástima, otros con fastidio.

—Quítate, chamaca —me gritó un hombre una vez.

Pero cada moneda era una victoria. Aun así, el dinero nunca alcanzaba. Mamá empeoraba. Vivía con miedo de llegar a casa y encontrarla sin vida.

Entonces llegó ese día.

Mamá no despertaba. Tenía fiebre altísima. Llamamos a la ambulancia. En el hospital, el doctor fue claro:

—Si no empezamos hoy, no va a aguantar más de unas semanas. Necesitamos un adelanto de 60 mil pesos.

Yo tenía apenas 2,500 pesos.

Salí del hospital sin rumbo. Caminé hasta Paseo de la Reforma. Edificios enormes, coches de lujo. Me senté en una banca.

Y lo vi.

Un hombre elegante bajó de un auto negro frente a una torre de oficinas. Traje caro, seguridad en cada paso. Y entonces lo noté: su cartera sobresalía del bolsillo trasero.

Pensé en mi mamá. En las semanas que le quedaban.

—Perdóname, mamá —susurré.

 

 

 

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